Argentina Aflame. Por Eduardo Duhalde

PROLOGO ARGENTINA AFLAME.
Felipe González

El 20 de diciembre de 2001, cuando bajaba de las escalerillas del avión que me llevaba a Buenos Aires, recibí la noticia de la dimisión del Presidente De La Rua y me asaltó la duda sobre si continuar la visita o volver a Madrid. El Presidente me había invitado a viajar al país, en medio de la vorágine de la crisis que se había cargado con más de treinta muertos en los disturbios, para hablar con él y con los demás líderes, en un intento desesperado por reconducir la situación. La renuncia se había producido tres horas antes del aterrizaje.

¿Tenía algún sentido que me quedara? Dudé unos momentos y finalmente decidí continuar. En el hotel de Buenos Aires tenía preparada una habitación y una pequeña sala para reuniones con los distintos interlocutores por si había dificultades de desplazamiento por la ciudad en revuelta. El sábado día 23, decidida ya la elección parlamentaria de Rodríguez Saa, me embarqué de nuevo hacia Madrid, horas antes de que se formalizara esta decisión en el plenario al que no asistí.

Fue más fácil que me desplazara yo a los distintos puntos de encuentro que lo contrario. La tensión hacía casi imposible el movimiento de los parlamentarios, rodeada como estaba la sede por los manifestantes furiosos. Me impresionó el aspecto de Buenos Aires, seguramente la ciudad más bella de América. Calles ocupadas, barricadas por doquier, jóvenes y mayores circulando hacia el Parlamento o hacia otras Instituciones, para expresar su rabia, su protesta, su rechazo a todo y a todos. ¡Que se vayan todos! Era el grito más extendido. El riesgo más evidente para salvar la institucionalidad quebrada estaba en la calle.

Buenos Aires es una ciudad del primer mundo, tal como la concebimos los que tenemos un imaginario no siempre acertado de lo que es esto. Sus calles, sus edificios, sus parques, su potencia cultural, su paisaje humano, parecían negar la profundidad y la gravedad de la crisis. La increíble revuelta contra el “corralito” se mezclada con la movilización de los piqueteros. Los que habían perdido su ahorro y los que ni siquiera tenían ahorro que perder. La expresión del fracaso de una política de paridad monetaria insostenible y de una aplicación continuada y extremada de las teorías del fundamentalismo del mercado, de la mano invisible. Un edificio artificial que se derrumbaba estrepitosamente.

Hacía pocas semanas que habíamos tenido una reunión allí, con ministros y responsables políticos de todas las formaciones, con empresarios argentinos e internacionales. El Presidente ofreció una cena que hubo de abandonar para viajar con urgencia a Estados Unidos. Todos los elementos de la crisis se habían precipitado ya, pero era difícil prever la magnitud del estallido de las clases medias ante la decisión del “corralito” en aquél verano caliente bonaerense.

Quiero aclarar algo que induce a confusión, incluso en el libro que voy a comentar. Hice el viaje de 48 horas a petición del Presidente de la República. Me pareció ineludible la responsabilidad de acudir en aquellos momentos dramáticos por si podía servir de algo. Nadie en España supo que salía horas después de que me llegara el mensaje del Presidente, mucho menos que fuera con algún encargo, ni político ni empresarial. Nadie, de ningún ámbito, me llamó durante la visita que tuvo la lógica repercusión mediática. Nadie me preguntó sobre mis impresiones a la vuelta. El lunes siguiente, 25 de diciembre fue a Buenos Aires el Ministro de Exteriores del Gobierno de España. Me enteré por la prensa.

Esto debería aclarar las circunstancias de mi viaje, y las razones que lo motivaron. Su contenido estrictamente político y de carácter personal. Pero se que este es un esfuerzo que conducirá a la melancolía, porque cuando se hable de aquellos días, la visita se seguirá ligando a la defensa de intereses españoles que ni representaba, ni fui requerido para ello. Para incrementar las entendederas de los que estén dispuestos a ello, aclararé que no me importa, sino todo lo contrario, defender los intereses de mi país, pero en esta, como en otras muchas ocasiones y lugares, me importaba Argentina y su situación. Nada más y ¡nada menos!

Pues bien, en un par de días de agosto pasado, he leído el libro de Eduardo Duhalde, MEMORIAS DEL INCENDIO, dedicado a recopilar y reflexionar sobre los durísimos meses de su Presidencia, a partir del 1 de enero de 2002. Me lo entregó su autor, sugiriéndome que, si suscitaba mi interés, le hiciera un prólogo para la edición que habría de publicarse en EEUU. Naturalmente acepté hacerlo y entregarlo antes de fin de septiembre.

Fue rápida la decisión y más difícil la ejecución del compromiso por razones personales y políticas. Entre las personales destaca mi implicación en los acontecimientos que desencadenan el cambio o los cambios presidenciales entre el 20 de diciembre de 2001 y el primer día de 2002. Entre las políticas mi respeto a todos los actores de la vida política argentina, de cualquier signo y posición. Más en la coyuntura actual tras unas elecciones que han recogido de nuevo un clima de tensión y preocupación crecientes en la vida política del país, y un cambio en la relación de fuerzas parlamentarias a mitad del recorrido del periodo presidencial.

Ha sido justamente la lectura de MEMORIAS DEL INCENDIO, la que me ha retrotraído a la experiencia vivida en aquellos días de navidad de 2001 en Buenos Aires. Las conversaciones con el Presidente que renunció, las entrevistas con Puerta, sustituto en el cargo según la Constitución, o con los líderes parlamentarios de todas las formaciones representadas en el Congreso, o con los Gobernadores de distintas provincias, o, finalmente, con el Cardenal de Buenos Aires y con el Presidente que iba a ser nominado, Rodríguez Saa.

Mi percepción de aquellos momentos coincide con la que Eduardo Duhalde describe en su libro. El rechazo de la gente de la calle se combinaba con la desconfianza entre los líderes y con el temor cierto a las consecuencias imprevisibles de la protesta. Pero también era apreciable, por encima de todo, el esfuerzo para encontrar una salida acordada y responsable a la situación, que preservara la institucionalidad y reflejara la nueva mayoría justicialista en el Congreso. Frente a ellos, la gente que no aceptaba a nadie, como si todo el sistema hubiera estallado a la vez.

Por supuesto que entre los gobernantes dimisionarios existían percepciones como las que rechaza Duhalde. Pensaban en el carácter conspiratorio que se escondía en el trasfondo de la revuelta. Era inevitable. Diría que ningún gobernante en dificultades tan dramáticas escapa a esa percepción, porque cuando las cosas van mal los intereses encontrados que afloran, con frecuencia de manera crispada y dura, nos separan de nuestra reflexión íntima sobre los fallos que nos son propios y nos llevan a imaginar tramas conspiratorias.

Y esta realidad, recurrente en la vida política, lo es tanto si existen, como ocurre a veces, agrupaciones de intereses para conspirar, como cuando son solo percepciones subjetivas de los líderes. O cuando se trata de encontrar, intencionadamente, responsables de nuestros fracasos dentro o fuera de nuestras fronteras para exculparnos por nuestro mal hacer y desviar la atención ciudadana.

“MEMORIAS DEL INCENDIO” explica porqué y como accede a la Presidencia de la República su autor, en aquellos momentos dramáticos de la vida política, económica y social de la Argentina. Describe con lujo de detalles sus políticas macro y micro económicas, heterodoxas para los cánones establecidos pero exitosa en sus resultados, con un cambio de rumbo sustancial respecto de las dos anteriores presidencias de Menen y de De La Rua, sin dejar de mostrar sus preocupaciones en el ámbito de lo social y las acciones que la reflejan. Pero a lo largo de la obra se pueden apreciar otras preocupaciones dominantes en Duhalde: la paz social a partir de la defensa de una institucionalidad sólida y su apuesta por la economía productiva.

En el análisis de los antecedentes de esta especie de nueva transición que se inicia con la crisis de diciembre de 2001, se remonta el autor a épocas anteriores, pero centra su atención crítica en la década de los 90, para ofrecernos una visión alternativa, que no solo llevó a la campaña electoral que perdió ante De La Rua y la Alianza, sino que implementó a partir desde el 1 de enero hasta el final de su mandato transitorio.

Tal vez lo más interesante para el lector, sobre todo externo, sea este contraste de visiones de país: “Un viraje tan profundo como necesario de la Argentina financiera, especulativa y usurera, a la Argentina productiva”, en palabras del propio Eduardo Duhalde.

Pero el nuevo e interino Presidente asume desde el comienzo que su credibilidad va a depender de su compromiso de no presentarse como candidato en las elecciones que habría de convocar.

A Rodríguez Saa le habían acotado el tiempo de su mandato en la decisión parlamentaria del sábado 22 de diciembre de 2001. El tiempo justo para convocar elecciones. Pero en mi conversación de la mañana de ese día él mismo me dijo que no tenía esa intención, sino la de agotar el periodo presidencial. Parte de las dificultades de los días siguientes nacen de ese desacuerdo entre los que decidieron su elección con esa condición, entre los que no se encontraba Duhalde que era partidario, como cuenta en su libro, de no acortar la acortarla, y el nuevo Presidente.

La legitimidad parlamentaria de Duhalde tiene un componente del que no hay mucha consciencia en la opinión pública, porque él es partidario de un cambio, aunque sea gradual, del presidencialismo clásico de la Argentina hacia un sistema más parlamentario de gobierno. En conversaciones con el autor he compartido estas reflexiones con algunas dudas sobre su aplicabilidad a Latinoamérica. Pero sin duda hay que evolucionar hacia sistemas más compensados de relaciones de fuerza entre los poderes del Estado, sin perder de vista que el choque de legitimidades entre Presidentes de la República elegidos por sufragio universal y ejecutivos dependientes de Parlamentos con la misma legitimidad, genera problemas que exigen una clara distribución de competencias y áreas de poder.

Pero, en todo caso, lo más interesante del libro es la explicación de la gestión y su indiscutible éxito para la Argentina. Tarea mucho más meritoria si se contempla el escenario en el que asume y la continua resistencia a creer en sus propuestas de casi todos los medios de comunicación y de los especialistas internos e internacionales.

Desde la segunda mitad de los años 80, los conocidos como la década perdida, pero en particular durante la década de los 90, Duhalde propone un programa basado en la economía productiva frente a la economía financiera. Va a las elecciones que dan el triunfo a la Alianza, tras los dos periodos de Menen, con ese programa de gran pacto nacional con los sectores productivos.

La gran paradoja de la historia es que accede a la Presidencia el primero de enero de 2002, tras las dimisiones de De la Rua y de Rodríguez Saa en diez días, sin nadie dispuesto a hacerse cargo de un poder descompuesto, con dificultades para hacer equipo y es en esa situación cuando tiene la oportunidad de aplicar sus ideas sobre el modelo que quería para su país, con las adaptaciones inevitables a la gran virulencia de la crisis.

Como él mismo recuerda en su discurso de toma de posesión, lo que pretende es reconstruir la autoridad política e institucional; garantizar la paz y sentar las bases para el cambio del modelo económico y social.

Es de gran interés su rectificación en los primeros días sobre el compromiso de devolver dólar por dólar a los ahorradores atrapados en el corralito. Constató la ausencia de dólares para cumplir ese compromiso y sabiendo el riesgo para la credibilidad del gobierno que tendría la corrección confeso públicamente que no podría cumplir.

Pero lo cierto es que su heterodoxia económica, con el legado del default sobre sus espaldas y con la incomprensión de la comunidad internacional, fue una política pragmática que, en medio año, cambio el signo recesivo y depresivo de la economía, poniendo en marcha el aparato productivo de la Argentina.

Ese fue el escenario que encontró Kichner y el comienzo de un periodo de gran crecimiento para el país durante un quinquenio.

La legitimidad en política es doble: de origen y de resultados. La de Duhalde no procedía de una elección directa, por lo que su debilidad de arranque en medio del incendio era mayor a pesar de la decisión parlamentaria de elegirlo el 1 de enero. Pero nadie, de buena fe, puede discutir la legitimidad de su ejercicio que merece ser considerada como pieza clave de una peculiar transición política.

Tampoco puede discutirse, se coincida o no con sus apreciaciones sobre los acontecimientos, sobre la inversión interna o externa, sobre el papel del sistema financiero, el enorme coraje político que demostró en la peor de las circunstancias que un responsable político puede imaginar.

No ha sido Eduardo Duhalde el líder político argentino con el que he tenido más relación, pero además del respeto y la admiración por lo que hizo, coincido en sus propósitos de fortalecer la economía productiva frente a la financierización dominante ( la crisis global le da la razón sobre la fragilidad del modelo ) y también coincido en la necesidad, para todos los países, de fortalecerse con acuerdos nacionales entre los actores políticos, económicos y sociales, que generen áreas de consenso por encima de los legítimos intereses partidarios, sectoriales o particulares.