Cogobierno: Superando el presidencialismo y el parlamentarismo

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Como cada vez que en los últimos tiempos se me ofrece la oportunidad de expresar mis ideas, quiero insistir en este artículo en un tema que me parece central para el futuro de nuestro país: el cogobierno. Parto de la idea de que el esquema gobierno-oposición está caduco y que las convicciones que resume la frase “El que gana gobierna y el que pierde acompaña” ya no son útiles en nuestros tiempos.

Tanto el presidencialismo como el parlamentarismo muestran signos claros de agotamiento. Basta dar una mirada a la performance de las democracias sudamericanas y, por qué no decirlo, de buena parte de Europa también, para darse cuenta de que lo que digo es cierto. Más allá de los avances que en su momento estos dos modelos significaron para establecer “el gobierno de la ley” y la institucionalidad democrática, a pesar de la baja complejidad social e institucional de esas sociedades, ambos concluyeron mostrando un marcado déficit para resolver los problemas de las sociedades actuales, mucho más complejas y sujetas a cambios permanentes.

Para superar los incontables inconvenientes que encuentran los gobiernos de todo signo, debemos avanzar hacia un sistema donde el ganador de una elección conduce y los otros partidos con representación parlamentaria integran un cogobierno. Si bien por algún tiempo muchos pensamos y me incluyo, que el parlamentarismo representaría un modelo más virtuoso, capaz de evitar los excesos del presidencialismo de nuestras repúblicas, hay que reconocer que esa expectativa favorable no siempre se condice con la realidad.

Desde ya que el ámbito parlamentario, cuando el debate de ideas va acompañado por la búsqueda de consensos, aparece como un espacio mucho más proclive al diálogo y al trabajo en conjunto, en pos de políticas de Estado y estrategias nacionales de largo aliento. Pero cuando así no sucede, cuando el Parlamento deja de ser asamblea para buscar las mejores soluciones y se convierte en el campo de disputas que dividen a la sociedad, una especie de arena donde se enfrentan los gladiadores a la vista del público, esas virtudes potenciales se degradan y, lejos de favorecerse la gobernabilidad y la legitimidad institucional, suele agravarse la inestabilidad política.

La conclusión es que el cogobierno se presenta cada vez más como una necesidad. No sólo para hacer frente a situaciones excepcionales, sino como una nueva modalidad de convivencia política. En los países de mayor consolidación institucional, los ejemplos de cogobierno son frecuentes y constituyen la base de esa solidez porque, el esquema de contraposición instala la categoría de opositor, rival, contrincante y, a veces, la de enemigo creando bandos que tienden a convertir al antagonismo, a la confrontación y a la división en las formas naturalizadas de comprender y emprender la acción política. Es éste un “lujo” que las complejas sociedades actuales ya no permiten que nos sigamos dando, ni los políticos ni los ciudadanos.

Los grandes desafíos de un mundo poblado por siete mil millones de congéneres, requieren poner a actuar en común la inteligencia, la dedicación y el trabajo de todos. La dimensión de esos desafíos necesita la construcción de consensos de tal alcance que exigen superar la división entre “nosotros” y “ellos”, para pensar en términos de “todos”: para poder, juntos, encarar y resolver los problemas, cada vez más complejos, que enfrentamos. No será un camino sencillo, pero estoy convencido de que es el más adecuado para elaborar y llevar a la práctica, de manera consensuada y responsable, las políticas de Estado que tantas veces reclamamos y que cada vez resultan más necesarias para fortalecer nuestras instituciones y la gobernabilidad de nuestra República.

Nota Original Opinarg