Crisis internacional y consenso para un país posible. Por Carlos Brown.

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Por Carlos Brown – Presidente del Movimiento Productivo Argentino.

Vivimos tiempos muy particulares, de mucha incertidumbre. Una de las pocas cosas que sabemos con suficiente certeza a esta altura acerca de la economía mundial es que tras varios años de espectacular expansión ha entrado en recesión. Propagada con una rapidez sin precedentes la crisis financiera que se desatara inicialmente en los EEUU por incobrabilidad a gran escala de hipotecas “subprime” o "hipotecas basura", la actividad económica a escala global ha colapsado a partir del tercer trimestre de 2008, continuando la declinación durante el primer y tercer trimestre de 2009, sin saber nadie a ciencia cierta cuál finalmente resultará el piso.

La economía mundial venía creciendo durante los últimos años a un ritmo promedio del 3% anual -3,5% en 2007-, y a partir de la primera mitad de 2008, este ritmo de crecimiento se desaceleró primero fuertemente, sobre todo frenado por EEUU y el resto de los países desarrollados, hasta transformarse en decrecimiento a escala global a partir del cuarto trimestre de 2008 y durante lo que vamos de 2009.

Si bien se vienen revisando permanentemente los pronósticos –a la baja-, para 2009 se estima que la economía mundial decrecerá no menos de 1% y hasta 2,5%, según los más pesimistas, siendo los países desarrollados en promedio los más castigados (1,5% según última revisión del FMI)

En EEUU, epicentro de la crisis, los efectos sobre la economía real han se han manifestado con anticipación, siendo ya significativos desde mediados de 2008, cuando la actividad comenzó a ser impactada y a decrecer progresivamente, perdiéndose desde entonces unos 5 millones de puestos de trabajo, y proyectándose la tasa de desempleo a 11% para diciembre de 2009, el nivel más alto desde 1983.

Como una pandemia, a través de una economía globalizada y altamente vinculada por flujos financieros y comerciales, la propagación internacional de la crisis no tardó en materializarse, y en pocos meses, de manera directa o indirecta, prácticamente todos los países son afectados, sobre todo a partir del cuarto trimestre de 2008, luego de la caída de grandes bancos de inversión, como Lehman Brothers, que alimentó el pánico en los mercados y la corrida financiera a escala global.

Un factor de propagación de la crisis muy importante, sobre todo a partir de la irreversible caída en recesión de los países desarrollados -EEUU, Europa, Japon- y la consecuente merma de sus compras externas, ha sido la progresiva retracción del comercio internacional, con alto impacto, directo e indirecto, sobre las economías emergentes. Según estimaciones difundidas por la OMC, el volumen comerciado caerá cerca del 10% en 2009, la peor retracción desde el fin de la II Guerra Mundial, que podría aún agravarse más en caso de profundizarse cierta tendencia proteccionista siempre presente en tiempos de crisis.

Todo esto con un altísimo impacto en términos de empleo. Según último informe de la OIT sobre Tendencias Mundiales del Empleo se proyecta a escala mundial para este año unos 51 millones de desempleados más en el mundo, la mayor parte en los países desarrollados (casi el 10% sólo en EEUU).

En este contexto recesivo y de crisis financiera global, desde fines del año pasado y con resultados aún inciertos, prácticamente todos los gobiernos han incrementado la intervención en sus economías, lanzando individualmente primero, y procurando luego guardar cierto grado de coordinación a partir de los consensos logrados recientemente en el marco del G-20, paquetes fiscales para reactivar, incentivando la demanda agregada a través de bajas de impuestos, transferencias y obras públicas, así como también, a través de los respectivos bancos centrales, implementando agresivas políticas monetarias orientadas a resguardar la integridad y estabilidad de sus instituciones financieras, bajando las tasas de interés e inyectando toda la liquidez necesaria a fin de procurar el reestablecimiento del crédito, llevándose incluso en algunos casos la intervención estatal al rescate sistemático –capitalización- de instituciones financieras técnicamente quebradas, con carteras incobrables, como ha sido el caso de EEUU, paradigmático, venciendo restricciones ideológicas de fuerte arraigo en su dirigencia acerca del rol del estado (paquete de estímulo fiscal de Obama de febrero de 2009 por U$S 787.000 millones; de la Unión Europea por unos U$S 260.000 millones; de China por unos U$S 586.000 millones; o bien en la región, con los casos de Brasil, Chile y México para destacar).

Seguramente estos paquetes no agotarán las medidas que serán necesarias salir de la crisis global; seguramente se requerirá, en línea con los consensos logrados en la cumbre del G-20 del 2 de abril en Londres, avanzar en un mayor grado de coordinación de políticas y cooperación entre los países, una redefinición de los marcos regulatorios del sistema financiero internacional, y una profunda reformulación de sus organismos multilaterales (FMI particularmente), en orden a superar esta crisis y evitar futuras, pues como se postulara en dicha cumbre: “una crisis global exige una solución global”. Mientras tanto se espera con seguridad para 2009 una caída del producto mundial no inferior al 1%, con fuerte retracción del comercio internacional y de los flujos de capitales, y un fuerte impacto sobre los niveles de empleo, vislumbrándose conforme algunos pronósticos una salida recién al inicio del año próximo.

Ahora bien, y por casa cómo andamos?

Luego del colapso económico de 2001, la recuperación iniciada en 2002, y proceso de crecimiento desatado a partir de entonces y sostenido ininterrumpidamente durante casi 6 años a un ritmo “chino” de 8,5% interanual, a partir del segundo trimestre de 2008, por causas en principio domésticas –fundamentalmente el innecesario conflicto con el campo-, luego agravadas por el contexto internacional descripto, empezamos a experimentar una fuerte desaceleración, dejando de crecer en el último trimestre de 2008, y pasando a decrecer a partir del primer trimestre de 2009.

Por causas eminentemente domésticas nuestra economía repentinamente se paró: de crecer al 8,5% pasamos a crecer al 0% en sólo 8 meses.

Se desplomaron dos sectores claves como el automotriz (-50%) y siderúrgico (-35%), junto con toda la cadena metalmecánica.

Los problemas de empleo que comenzaron a evidenciarse desde fines de 2008 con las primeras suspensiones y despidos registraron en marzo de este año un crecimiento significativo –más allá del ocultamiento de cifras oficiales-. Sectores de industria textil, automotriz y autopartista, frigoríficos, curtiembres, comercio y construcción, los más afectados.

Todo ello con fuerte impacto en las cuentas fiscales, con fuerte desaceleración de la recaudación tributaria, que combinada con elevados niveles de gasto, ha comenzado a erosionar la política de superávit.

Como si todo esto fuera poco, nuestro gobierno, en lugar de gestionar y consensuar medidas para superar la crisis, decide precipitar un proceso electoral de cargos legislativos, a partir del cual temerariamente pretende además plebiscitar su gestión, estafando al electorado, agregando incertidumbre, induciendo aún menores niveles de consumo e inversión, y consecuentemente menor producción y empleo.

Qué nos está pasando?; hacia dónde vamos?; qué país es posible?; cómo logramos los consensos necesarios para lograrlo?

Aun en este contexto de crisis internacional y local, nuestro país preserva una enorme oportunidad para reinsertarse en el mundo, con capacidad para liderar en principio la producción mundial de alimentos a través su altísimamente competitiva cadena agroindustrial y agroalimentaria, y de crecer sostenidamente, con más producción, trabajo digno, inclusión social y desarrollo regional.

Como tantas veces he sostenido, debemos dejar de una vez por todas de lado la improvisación y desarrollar un auténtico pensamiento estratégico en torno a estas cuestiones, construyendo los grandes consensos nacionales, y formulando todas aquellas políticas públicas necesarias, de Estado, no de un circunstancial gobierno.

Necesitamos garantizar un desarrollo regionalmente equilibrado, que evite que millones de compatriotas se vean forzados a abandonar sus lugares de origen para amontonarse en patéticos bolsones de pobreza alrededor de los principales centros urbanos. Los pueblos del interior deben poder retener a su fuerza productiva.

Necesitamos generar condiciones, fundamentalmente financieras, para el desarrollo de una auténtica burguesía nacional, capaz de retomar el liderazgo en sectores estratégicos nuestra industria, a diferencia de lo que ha venido sucediendo durante los últimos años –más allá del discurso oficial-, con una fenomenal extranjerización de nuestras empresas, especialmente en manos de capitales brasileños, con financiamiento barato del BNDES, profundizando el proceso iniciado en los años noventas.

Necesitamos una relación con el mundo menos errática, más racional. Las relaciones exteriores no son un recurso más del gobernante de turno para generar efectos políticos domésticos inmediatos, sino que constituyen el instrumento fundamental del que dispone un país para procurar insertarse estratégicamente en el mundo.

Necesitamos más y mejor inversión en nuestro sistema educativo y sistema nacional de ciencia y tecnología. Países desarrollados como Suecia, Estados Unidos, Alemania, invierten en promedio en I&D el equivalente al 4%, el 2,8%, y el 2,3% del PBI, respectivamente. Nuestro país se encuentra estancado por años en torno al promedio de Latinoamérica, que no supera el 0,5% del PBI, por debajo de países como Chile, que está rondando el 0,68%, o Brasil, hoy en 0,55%, pero con planes para llegar al 0,65% en 2011.

Ni hablar de la necesidad de mejorar nuestra calidad institucional, seriamente deteriorada durante los últimos años, para lo cual deberemos empezar por restablecer la institucionalidad representativa, republicana y federal que claramente establece nuestra Carta Magna, volviendo a las fuentes.

Por supuesto el rol de la dirigencia política resulta fundamental en esto. Los partidos políticos en particular deberán incorporar y articular en la capacitación y formación de sus cuadros políticos ineludiblemente estos conceptos, asumiendo de una vez por todas el desafío del desarrollo.

Muchos coinciden en que las próximas elecciones podrían marcar un punto de inflexión que nos enderece finalmente en este sentido. Personalmente, no pierdo las esperanzas.

Mayo de 2009