Democracia sí, pobreza no. Por Orlando Ferreres

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No hay mejor método de gobierno que la democracia pues este sistema político permite, mediante el dialogo y la corrección mutua, organizar la vida en común en libertad, para obtener una mejor calidad de vida, tanto en lo económico como en lo político, lo social y lo cultural.

Los gobiernos que surgen de los golpes de Estado no se justifican. Lamentablemente hemos tenido una cantidad de los mismos en los últimos 70 años (1930, 1943, 1955, 1962, 1966, 1976). Esta sucesión de gobiernos militares-gobiernos civiles, que fueron rotando cada pocos años durante mucho tiempo, fue alejándonos del ejercicio auténtico de la democracia. Creemos que democracia son las elecciones o gobernar por decreto y no es así. Es un ejercicio de todos los días, de coordinar entre las diferentes orientaciones políticas las decisiones del Estado, para que éstas tengan más consenso y, por lo tanto, una larga duración y mucha mayor previsibilidad para las inversiones.

Naturalmente los militares gobernaban por decreto, pero tenían cierta culpa de no ser democráticos y por eso les ponían el nombre de Decreto-Ley a sus determinaciones. Incluso en uno de los períodos militares, también crearon una especie de Congreso, la CAL, Comisión de Asesoramiento Legislativo, que insinuaba que había una deliberación democrática que reflejaba distintas tendencias en la legislación que emitían. Por suerte esa etapa ya pasó definitivamente, pero también la democracia tiene sus vicios, que vivimos a diario.

Vayamos a lo que en definitiva interesa: ¿Qué espera la mayor parte de la población de la democracia? Hay muchas opiniones para responder a esta pregunta, según el énfasis que se ponga en aspectos políticos, sociales, organizativos. Pero en el aspecto económico, la mayoría de la gente espera de la democracia que haya más crecimiento y menos pobreza. Sobre todo esto último: menos pobreza. Pues democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo. Por eso cuando hay recesión o inflación, baja la imagen positiva del gobierno de turno, sea de derecha o de izquierda, pues la gente esta más pobre, más disconforme.

Con la restauración de la democracia en 1983, hemos vivido todos los argentinos, emocionados al escuchar recitar el preámbulo de la Constitución a Raúl Alfonsín. Fue una época de grandes ilusiones, una esperanza de recuperar el orgullo de ser argentinos, una época que tenía grandes expectativas de mejoras materiales también, pues nos decían “con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se crece”.

Ahora que han pasado ya varias décadas de democracia continúa, en realidad 27 años, podemos hacer una evaluación de resultados, especialmente en este año del Bicentenario que es propenso a los balances, es decir a preguntarnos que pasó, y también a dónde ir y cómo llegar. Lamentablemente, para la mayoría de la gente, el balance es desalentador, especialmente en el indicador que más resume los resultados de un gobierno, el grado de pobreza.

El índice de pobreza, es decir, la proporción de personas en relación a la población del país que no ganan el ingreso necesario para satisfacer sus necesidades básicas, siguiendo siempre la misma metodología, ha crecido desde 3,8% de la población total en 1974, hasta un 33 % actualmente, pero con picos que llegaron a 41% en la hiperinflación de Alfonsín, hasta un 56% en la pesificación-devaluación de Duhalde del año 2002. Lo más preocupante es que los puntos de menor pobreza, 3,8 % en 1974, 20,5% en 1993 y 29% en 2006, muestran una tendencia a ser cada vez más altos, como puede verse en la recta que une los mismos.

Necesitamos una democracia madura, que sepa lograr resultados para el mayor número posible de pobladores. En un país como la Argentina, tan dotado de potencialidades, especialmente en alimentos e inteligencia individual, no logramos organizarnos productivamente, y tenemos cada vez más pobres. Veo mucho desorden, creemos que democracia es hacer lo que a cada uno se le antoja, sin pensar en cómo perjudica al otro. Veo una falta de ciudadanos, muy pocos quieren involucrarse en la definición del futuro: “yo, argentino” (no me meto en nada) es el lema predilecto. Veo a un empresariado sin firmeza para discutir lo que ellos saben, el camino que da resultado en lo económico, bajo el criterio comprobado de que si le va bien al país le va a ir bien a las empresas de ese país, como lo demuestran las empresas brasileñas, por ejemplo. Veo a los políticos, interesados en llegar al podio (así ven la presidencia, la gobernación, la intendencia, la Legislatura) sin importarles por que camino, aun el que pueda desvirtuar a la democracia, como por ejemplo en los candidatos testimoniales. Hay 827 partidos políticos en la Argentina, señal clara de la falta de entendimiento y grandeza de los políticos del país.

Como argentino, me duele que no podamos dar una respuesta adecuada a los que más sufren, sabiendo que esa respuesta es posible, es lograble, es factible, con organización y discutiendo entre todos el mejor camino. Ya llevamos 27 años de democracia, ya no es una democracia adolescente, esperamos resultados perdurables, no ficciones para seguir engañándonos. Los pobres no pueden seguir esperando.

 

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1251173