Después de Copenhague. Por Alieto Guadagni.

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Después de Copenhague.

Por Alieto Guadagni, para LA NACION.

Una década después de concluida la Primera Guerra se firmó el tratado “aboliendo las guerras”. Este acuerdo -conocido como el Pacto Kellog-Briand- fue suscripto por más de 60 naciones, incluidos los Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón y el Reino Unido. Apenas once años después, estallaba la guerra más cruenta y globalizada que la humanidad ha conocido, ya que involucró cinco continentes y a nueve de cada diez habitantes del planeta.

Quienes concurrieron a Copenhague lo hicieron animados por la esperanza de lograr, esta vez, acuerdos internacionales que fueran cumplidos. Es así como 192 naciones estuvieron representadas, 119 jefes de Estado participaron y 15.000 delegados representaron no solamente a los gobiernos, sino también a la sociedad civil.

Si bien algunos países (en la Unión Europea, en Japón) redujeron sus emisiones, tal como les exigía Kyoto, el total de emisiones siguió creciendo, no sólo en naciones como China y la India, sino también en los EE.UU. (único país industrializado que no suscribió el Protocolo de Kyoto). El propósito de la reunión convocada por Naciones Unidas era trazar una hoja de ruta de acción mundial para reducir sustancialmente estas emisiones.

Los delegados llegaron a Dinamarca sabiendo que aún estábamos a tiempo, pero se debía actuar sin demoras frente al desafío más grave que enfrentamos. Nuestro accionar colectivo está alterando la temperatura del planeta. Esto no puede sorprender, cuando en el siglo XX el PBI mundial se multiplicó 19 veces. Baste decir que la producción del último siglo es superior a toda la producción acumulada hasta el siglo XIX. El cambio climático amenaza a todo el mundo, pero las naciones pobres son las más afectadas; más del 75% del daño total por el calentamiento terrestre afectará a los países en desarrollo.

Se sabía que las negociaciones serían complejas por tres circunstancias. Primero, los países industrializados con compromisos de reducción de sus emisiones representan apenas el 28% de las emisiones mundiales. Segundo, EE.UU., que fue hasta hace poco el principal contaminador, no había asumido ningún compromiso en Kyoto (el 21% del total mundial de emisiones). Y en tercer lugar, el mundo en desarrollo no estaba obligado a reducir sus emisiones, que ya alcanzan al 50% del total (China es ya el primer país contaminador con más del 21% de las emisiones totales).

La negociación se complicaba aun más cuando se consideran las diferencias en las emisiones por habitante. Si bien China ya contamina más que los EE.UU, cada chino emite la cuarta parte que un norteamericano. Aquí radicaba uno de los escollos para lograr un acuerdo.

En los países desarrollados, vive apenas el 16% de la humanidad, sin embargo, sus emisiones representan dos tercios del total históricamente acumulado. En promedio, los países desarrollados emiten 15 toneladas de CO2 por habitante, mientras que los países de ingresos medios emiten cinco y los países pobres apenas dos. Pero también hay diferencias que no se relacionan con el nivel de ingreso, por ejemplo, un suizo emite menos de la mitad que un venezolano; un habitante de la India emite 1,7 toneladas; uno de Ruanda, apenas 0,1.

Es ilustrativo comparar Europa con los EE.UU.; durante la crisis petrolera de 1974, Europa inicio una política de eficiencia energética, introduciendo impuestos a los combustibles fósiles, promoviendo el transporte público y modernizando su industria automotriz; los precios energéticos son en Europa alrededor del doble que en EE.UU. Es así como hoy un europeo emite diez toneladas y un norteamericano, 23.

En el mundo existen 1600 millones de pobres que no tienen acceso a la electricidad; cuando se conecten, en el futuro, aumentarán las emisiones. Pero el caso es que existen en los EE.UU. 40 millones de vehículos de alto consumo de combustible (SUV), que si fueran reemplazados por vehículos con los estándares técnicos europeos ahorrarían emisiones equivalentes a las generadas por el acceso a la electricidad de todos los pobres que hoy carecen de ella.

Las actividades productivas y la vida diaria de los norteamericanos dependen críticamente del consumo intensivo de petróleo.

Ninguno de los que estaban en Copenhague ignoraba que es urgente actuar ya, porque lo que hagamos ahora determinará el clima de mañana, ya que los gases que hoy emitimos retendrán calor en la atmósfera por siglos. Las inversiones que hacemos en industrias, edificios, usinas eléctricas y en transporte durarán por décadas y afectarán el clima.

Es imperioso que todos actuemos, porque el cambio climático es un problema mundial y no podrá resolverse si no cooperan todos los países; todos tendremos que actuar, pero de un modo diferenciado, que apunte a la equidad entre las naciones. Los países industrializados son responsables de la mayor parte de las emisiones hasta hoy, y registran un alto nivel de emisiones por habitante, por eso deberían hacer un aporte reduciéndolas drásticamente. Pero los países en desarrollo también deberían cooperar en el esfuerzo común, ya que ellos serán los mayores responsables por el crecimiento en las emisiones. Para apoyar este esfuerzo, muchos de estos países necesitarán de cooperación financiera internacional.

Varios países habían definido, antes de llegar a Copenhague, sus propuestas de reducción de emisiones; la más ambiciosa fue la de Japón, seguido por la Unión Europea y luego la modesta oferta de los Estados Unidos. China prometió reducir no el volumen total de emisiones, sino la emisión por unidad de PBI. Brasil fue el único país del Mercosur que presentó una meta legal de reducción de emisiones, Lula pudo así hablar, avalado por la ley aprobada por el Congreso, especificando metas para preservar el Amazonas.

Un saldo positivo de Copenhague es que sirvió para que, por vez primera, algunos países en desarrollo presentaran metas “voluntarias”.

Las demandas por acciones más enérgicas fueron presentadas por 42 naciones amenazadas por el mar, agrupadas en la “Alianza de las pequeñas islas”, de la cual participan naciones como Bahamas y Barbados, en el Atlántico, hasta Fiji y Salomón, en el Pacífico. Estas islas en peligro de desaparecer demandaban que la barrera que no había que cruzar era un incremento de 1,5 grados, en lugar de la meta aceptada de 2 grados. Muchos de los que estaban en Copenhague sabían que la deforestación estaba aumentando las emisiones (20% del total), por eso aspiraban a que se implementaran mecanismos financieros (ausentes en el Protocolo de Kyoto) que ayudaran a preservar los recursos forestales, posición compartida por Indonesia, Congo, Costa Rica y por Brasil.

Además, esta preservación es simple y no exigía ninguna compleja transformación tecnológica, bastaba con dejar de talar. En esta cuestión, existió consenso, y es así como se pudieron concretar avances en financiamiento internacional para detener la deforestación.

Cuando Obama se presento ante la prensa, antes de regresar a Washington, quedaba en evidencia que Copenhague concluía de una manera poco promisoria. En ese momento, cuando el presidente de los EE.UU. mencionaba sus conversaciones con China, la India, Brasil y Sudáfrica, era claro que no se había podido concretar un compromiso concreto y legalmente vinculante entre las naciones.

En 1928, las naciones habían firmado un tratado que fue cruentamente incumplido. Ahora no habrá incumplimientos, porque no tenemos acuerdos exigibles, ya que los compromisos asumidos fueron meramente “políticos”. Sin embargo, con una visión optimista, podemos aspirar a que, dentro de un año, en México, gracias a una mayor conciencia sobre lo urgente de mitigar el cambio climático, la humanidad pueda acordar un nuevo sendero común de preservación del planeta, que vaya más allá de los compromisos de Kyoto, que fenecen en 2012. Ya es hora de que entendamos que los problemas globales requieren efectivas soluciones globales, y también instituciones globales que las implementen.

Link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1214677