EL SENTIDO DEL DESARROLLO Y LA ECONOMIA SOCIAL

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Por el Dr. Mario César Elgue.

En un trabajo para el Encuentro de Investigadores Latinoamericanos, realizado en Río de Janeiro en el 2000(1), los autores señalaban el divorcio entre la “racionalidad” de la teoría microeconómica tradicional y la racionalidad subyacente en los emprendimientos de economía social, consistentes en una acción comunicativa generadora de vínculos eficaces para construir consensos. Este divorcio se extiende a todo el pensamiento económico convencional que tiende a ignorar, a subestimar o a considerar a la economía social un rara avis ajena a la economía, lindante con el moralismo utópico y/ o con el socialismo pre-marxista.

Y esto está vinculado a lo que ha sembrado el modelo de comportamiento microeconómico de la escuela marginalista (1870), que supone que los agentes son “racionales” y se ocupan exclusivamente de satisfacer sus deseos subjetivos. En su reduccionismo, el marginalismo denomina “racional” a una conducta individual que procura maximizar su utilidad o satisfacción dentro de una determinada cantidad de bienes disponibles. Como resultado de esta actividad, los individuos “racionales” efectúan intercambios hasta lograr la igualdad entre el precio de un bien y la utilidad que se obtiene de él. Y como está supuesto que todos los agentes sean racionales, cada uno de ellos buscarán maximizar sus respectivas funciones de utilidad, alcanzando en la sumatoria el “óptimo sistémico”.

Si bien es un tema abierto -que requiere de mayores contribuciones teóricas- autores como Habermas han opuesto al modelo neoclásico la noción de acción comunicativa, que logra una mayor identificación con el modus operandi del emprendedorismo solidario.

Así la acción comunicativa, en contraposición con la acción estratégica, presenta un lenguaje ínter-subjetivamente compartido, que permite a los actores salir de la lógica egocéntrica. En vez de explicar los casos a partir de intereses individuales y del cálculo de utilidad de sujetos que se interfieren unos con otros, los actores implicados sintonizan cooperativamente sus acciones, haciendo primar las interpretaciones comunes. Son pertinentes las palabras de Spinoza: “Al hombre nada le es, pues, más útil que el hombre; los hombres, digo, no pueden anhelar nada que sea más ventajoso para conservar su ser que el estar todos de acuerdo respecto de todo y en una forma tal que las mentes y cuerpos de todos compongan como una sola mente y un solo cuerpo, y simultáneamente se esfuercen todos, en lo que sea posible, por conservar su ser y al mismo tiempo busquen su utilidad común; de lo que se sigue que los hombres que están gobernados por la razón, esto es, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, nada apetecen para sí mismos que no deseen para los demás hombres, y así el ser justos, leales y honrados”.(2)

Desde esta posición, la racionalidad más consistente es la que se despliega en la interacción, en la negociación sustentable con los otros; y no simplemente, la realización del propio interés que se libera del interlocutor indispensable para concretar cualquier intercambio. La construcción colectiva del sentido compartido no es ingenua ni moralmente piadosa. El encuentro social no anula los intereses estrictamente personales, pero los ubica en el escenario donde la realización de los mismos es posible: el intercambio social, del que inmediatamente se desprende la idea de pacto.

Lo que aquí se denomina racionalismo estratégico no logra dar una respuesta consistente a este dilema: ¿Cómo actores que sólo persiguen el éxito individual pueden generar un orden social estable? En la actividad comunicativa, por el contrario, la fuerza del entendimiento lingüístico se vuelve más adecuada para coordinar la acción. Desde esta perspectiva, de hablantes y de oyentes, se facilitan los acuerdos y se coartan las posibilidades de que una parte se imponga sobre la otra.

La confluencia interpretativa de los participantes en la comunicación se sustenta en la cultura. A través de la cultura, emerge el acervo de saberes: una sociedad que se forma y reproduce a través de la acción comunicativa.

La cultura en el desarrollo

Más allá de progresos nada desdeñables(3),  se han reabierto interrogantes sobre el propio sentido del desarrollo. Con la crisis del modelo neoliberal y su sesgada concepción del desarrollo, reaparece la posibilidad de recomponer un capitalismo productivista de signo nacional. Se coincide en que ello supone barajar y dar de nuevo, volver al rol activo del Estado, definir un perfil de reactivación del mercado interno y una salida exportadora de mayor valor agregado, afianzar esta etapa distinta de sustitución de importaciones, como así también restañar las heridas abiertas por el desempleo y la exclusión. Son muy oportunos otros ojos para mirar un Mercosur ampliado, que se extienda al resto de América Latina, no sólo desde los fructíferos intercambios comerciales mutuos, desde una mayor coordinación de las políticas macroeconómicas y de la solución de las controversias sino que, retomando el mandato histórico de la Nación de Repúblicas(4), lleve a la práctica una accionar político unitario que se encamine a una genuina integración cultural, social, científica, tecnológica e institucional que posibilite ser interlocutores de peso ante los grandes decisores del poder global.

Es hora de visiones más holísticas, liberadas de cepos economicistas, que vuelvan a situar la tensión entre economía y política, desplazando al mercado como el principio de organización social con carácter de veto -planteo idiosincrático de los ’90- ante las restantes dimensiones de la vida comunitaria.  Edgar Morín, incluso, afirma que la economía es la ciencia social más avanzada matemáticamente y más atrasada desde consideraciones éticas que hacen al desarrollo humano(5). ¿Porqué sociedades materialmente ricas, que han logrado índices de crecimiento del producto, han coexistido con el desempleo, la pobreza y la exclusión?

Esta aparente paradoja, sitúa al rearme cultural como portador de sentido, asignándole cuatro funciones significativas. La primera función remite al respeto del hombre por sí mismo, a la autoestima. La fortaleza de internalizar los propios valores y capacidades, para lograr confianza en las propias fuerzas(6).  La segunda, es la que posibilita la difusión de capacidades en el seno de la sociedad, a través de las cuales se manifiesta el ejercicio de un proceso de selección que sea capaz de discernir lo que vale la pena incorporar y adaptar del exterior, evitando dependencias espirituales y colonizaciones pedagógicas que abren las puertas de posteriores subordinaciones económicas. En este punto, hay que estar atentos a cierta “dictadura” de lo simbólico: uno de estos efectos distorsionantes se da, por ejemplo, cuando se identifica sólo como americanos a los ciudadanos de EEUU. Esa exclusividad del término americanos para los norteamericanos es una manera subliminal de sumisión que agrega otro obstáculo a la voluntad de reconstruir un pensamiento propio, no alienado. Similar actitud tiene ese tono despectivo o de observador descomprometido para refererirse al país como “este país”, que exterioriza otro de los tics derrotistas de quienes, desde una seudo ciudadanía planetaria, simulan ignorar su propio “lugar en el mundo(7).  El rechazo a todos aquellos mensajes que son considerados nocivos y desestructurantes -la oposición activa- se coloca como tercera función(8).  La función más relevante de la cultura, que está en cuarto lugar, es el dar un sentido, un rumbo prefijado como “horizonte utópico.”(9)  Un camino que estimula la marcha más que un punto de llegada. No es casual que, en numerosas lenguas, la palabra sentido alude tanto a dirección como a significación. En síntesis: se trata de afirmar los valores por lo que se elige lo que tiene sentido, lo que es juzgado sensato y, por otra parte, de proveer una orientación para el futuro. Toda sociedad debe estar en condiciones de darle un sentido a lo que hace. Un sentido que oriente el destino nacional, que organice contenidos nacionales y marque las grandes decisiones del país. La fragmentación de grupos que no cohesionan en un proyecto convierte a la vida social en un espacio anómico, donde cada sector sólo brega por la defensa de sus intereses corporativos. Sobre esta base descansan y se construyen las otras funciones de la cultura: capacidad de selección, de oposición y de respeto de sí.

Un nuevo concepto de desarrollo -además de armonizar crecimiento con equidad distributiva e inclusión-  pone el acento en una vía autónoma de creación, a través de la cual una sociedad toma las decisiones que considera más justas, teniendo en cuenta las relaciones de poder y las injerencias externas. Se puede relacionar al concepto de desarrollo con el de “densidad nacional”, que conjuga un conjunto de circunstancias que hacen a la capacidad de una sociedad de movilizar el potencial socioeconómico disponible y de establecer relaciones con el resto del mundo, que sean compatibles con su desarrollo nacional: variables críticas como la cohesión social, la solidez de los liderazgos, la estabilidad institucional, el pensamiento crítico; políticas que aseguren los equilibrios macroeconómicos y procesos de acumulación de capital, tecnología y gestión (Ferrer, 2005).

Revalorizar los aspectos intangibles del desarrollo, lo que Hirschman llamó “las ganas de desarrollarse”, no puede obviar la necesidad de la expansión de una base material (crecimiento). Pero las interpretaciones más actuales colocan al desarrollo en un contexto más amplio que el de la economía, aproximándolo a una suerte de constructivismo, en el que prima lo subjetivo, lo valórico, lo sistémico, lo cultural, la complejidad, que son las características que se atribuyen ahora al desarrollo societal (Boisier, 2002). Amartya Sen (2000) da su propio parecer, definiendo al subdesarrollo como “la privación de capacidades básicas y no meramente como la falta de ingresos, que es el criterio habitual con el que se identifica la pobreza”.

Otros especialistas tienden a resignificar a las consideraciones “macro” y “meso”, en función de la satisfacción de las necesidades humanas básicas, como un objetivo primario y no secundario. El común denominador consiste en evaluar el desarrollo según lo que beneficia a las personas más que a entes abstractos como las naciones. El tipo de preguntas para juzgar el sentido del desarrollo que se hacen estos autores son: ¿Tienen (las personas) la capacidad para vivir durante muchos años? ¿Escapan del analfabetismo? ¿Pueden disminuir la mortalidad infantil? ¿No padecen hambre ni subalimentación? ¿Tienen libertad personal? Estos indicadores revelaran el bienestar obtenido, al considerar a las personas como el centro de la actividad, como un fin en sí mismo y no como un mero “recurso humano” que también debe desarrollarse(10). Quizás el prestar especial atención a estas “pequeñas revoluciones”, que mejoran sustancialmente la vida cotidiana de los sectores mas desposeídos y olvidados, sea lo que preocupa y ocupa a la nueva oleada de lideres nacionalistas populares o socialistas nacionales como Lula, en Brasil, o José “Pepe” Mujica en Uruguay. Caudillos que desconciertan e incrementan la ciclotimia del progresismo académico,  rápido en el halago y más rápido aún en la desilusión ante gestiones de poca “pureza” ideológica que, de alguna manera, reflejan la “impureza” de la vida misma. Bajo el esquematismo simplista de estos “librepensadores”, al ampliar estos conductores populares sus bases de sustentación política con personas o fracciones del empresariado nacional, e incluso al negociar con los organismos internacionales y preservar necesarios equilibrios macroeconómicos y fiscales,  estarían demostrando que han sido cooptados por la “derecha” o por el “centro- derecha”.

También se da como un mandato la fusión del desarrollo humano con el desarrollo sostenible, definido este último como el que impulsa cambios en las actividades materiales que disminuyan radicalmente el agotamiento de los recursos no renovables y de los que no son fácilmente renovables y la contaminación del medio ambiente, con lo cual se prolonga el tiempo durante el cual las necesidades humanas materiales podrán satisfacerse.

Cultura explícita y cultura implícita

La economía social imbrica naturalmente actividades económicas y creaciones culturales que constituyen poderosos vectores de sentido. Es hija de la necesidad, de necesidades insatisfechas en comunidades locales desfavorecidas, y se arraiga en dinámicas colectivas que reúnen una adecuada dosis de cohesión social. Moviliza a grupos integrados y no a personas yuxtapuestas y desarticuladas, insertas en la cultura de esa socialización de ideas y prácticas cotidianas.

La sociedad toda es un ensayo de cooperación. La mayoría de los seres humanos pasan la mayor parte de su tiempo y de su vida en actividades económicas. Por ello, las circunstancias en que se desenvuelve el proceso económico afectan intensamente los caracteres de sus personalidades. No existe en el mundo aparato de educación que actúe de modo tan ubicuo y permanente como el sistema económico(11). Y esa influencia educadora puede ser “para bien” o “para mal”. Puede incentivar el impulso creador e innovador o adormecerlo en la repetición rutinaria, obediencia y sometimiento a la voluntad ajena. Puede alentar la solidaridad o excitar las pasiones egoístas y antisociales.

Todo sistema y/o régimen económico lleva en sí mismo una pedagogía social. El capitalismo liberal representa la aspiración de ciertos grupos de poder por construir una sociedad mercantil autosuficiente que tenga su correlato social y cultural. La estrategia no declarada del modelo neoliberal consiste en quitar los valores éticos del análisis de los conflictos sociales y, de esta manera, “naturalizar” o hacer “normal” la injusticia de las relaciones sociales(12). El producto de esta naturalización de lo existente se evidencia en la hegemonía de la ética mercantil típica del proyecto neoliberal. “Para la religión mercante, lo fundamental es que se identifique el bien y la salvación con la posesión de bienes de consumo. Pero en este aspecto, el consumismo es mucho más que una moral del goce individual: es la forma peculiar que adquiere la relación del individuo con la comunidad, relación de competencia o puja de poder, lucha de todos contra todos.”(13)

La economía social, y particularmente el cooperativismo, se posiciona explícitamente en las antípodas, al erigirse como un tipo de empresa que puede tomarse como modelo de comunidad organizada ya que “el cooperativismo no es sólo una forma de organizar la economía. Es también una forma que presenta un escalón ético superior”(14). Integra una unidad de producción y una comunidad educadora. Constituye un trabajo educador, que transforma la personalidad de sus protagonistas, siendo al mismo tiempo una educación para el trabajo. Al intervenir en la producción de bienes y servicios, el cooperador asociado y/o el trabajador cooperativizado, se educa y adquiere la capacidad de educar a otros.

Por ello, educar para la cooperación va más allá de los tipos de educación formalizados y externos a las empresas. Es el paso de la educación explícita (cursos, seminarios, capacitación gerencial) a la educación implícita. En esta última, la educación no es parte de un proceso educativo formal, ni el resultado de una acción educativa planeada, aunque no formal. Es más apropiado referirse a esta instancia como educativa y no como entrenamiento o enseñanza, pues incluye un componente apreciable de formación ideológica y actitudinal. Se hace referencia a las múltiples formas de socialización dentro de la cultura de la empresa y/o organización. Formas que hacen que las personas, a través de su lugar productivo o laboral, obtienen una serie de experiencias que, con el tiempo, le otorgan comprensión sobre la especificidad de ese emprendimiento y sobre la racionalidad que subyace en el mismo. Personas en interacción que aumentan sus conocimientos sobre las consecuencias que implica ser miembro de esa entidad, en relación con sus derechos, sus obligaciones y la expresión de los intereses comunes.(15)

La producción actual exige cuatro o cinco tipos de capacidades para ser empleables y/o autogestionarios.  La primera es la cognitiva: para poder trabajar hay que tener capacidad de pensar. Entre otras cosas, porque el mundo se modifica rápidamente y la generación que se incorpora al mundo laboral deberá cambiar de trabajo entre 5 y 7 veces a lo largo de su vida; y si está en el mismo empleo, lo que va a cambiar es el perfil del mismo. El segundo grupo de capacidades corresponde a las interactivas: tratar e interactuar con otros. El tercer tipo de competencias se refiere a las metacognitivas: aprender a autogestar procesos de aprendizaje a lo largo de toda la vida. Y el cuarto son las capacidades éticas, las que permiten discernir entre lo “bueno” y lo “malo”, de acuerdo con el contexto sociocultural. Un quinto grupo de capacidades hace alusión al manejo de recursos y habilidades administrativas y gerenciales.

Las capacidades antes mencionadas no se forman en la escuela de hoy; en ella solo se transmite información, con menor eficacia que la televisión o Internet. Para generar estas capacidades, no se necesitan escuelas “pegadas” a lo que solicitan las empresas sino asumir el desafío de brindar un proceso integral de enseñanza-aprendizaje, que tenga que ver con la lógica de producción del nuevo milenio pero que incluya valores solidarios que propongan un compromiso con un proyecto de país. Y, aunque habrá menos empleo al estilo clásico, la apuesta educativa debe ser ética: brindar a todos la posibilidad de adquirir las competencias básicas para que él mucho o poco empleo disponible sea distribuido con igualdad de oportunidades.

En suma, la conciencia solidaria y/o cooperativa (o la falta de ella) entre los asociados o entre los miembros activos de otras entidades de la economía social es la consecuencia de aprendizajes tanto asociativos–doctrinarios como surgidos del negocio de este tipo de empresas sociales. Estos aprendizajes aconsejan un esfuerzo explícito de actividades educativas para completar los procesos educativos implícitos que tienen lugar en él, para balancear la dimensión asociativa y la dimensión empresarial y evitar degeneraciones o compartimentos estancos en uno u otro sentido.

El Estado presente y la sociedad del equilibrio

Se trata de ensayar otro modelo de economía mixta, otro entramado interinstitucional que se emparenta con la lúcida cosmovisión de Henry Mintzberg: lo que ha triunfado en Occidente no es el capitalismo “clásico” sino las sociedades equilibradas.  Sociedades que procuran un mejor uso de las aptitudes y las lógicas funcionales de cada uno de los subsistemas y actores y que contienen cuatro patas de similar fortaleza: un Estado reformado -árbitro, redistribuidor y regulador desburocratizado y profesionalizado-; un sector privado competitivo, dispuesto a asumir los riesgos propios de una burguesía innovadora; y una franja intermedia que reúne, por un lado, al voluntariado no empresarial (ONGs) y a los nuevos emprendimientos solidarios (16) y, por el otro, a las empresas de la economía social, básicamente las cooperativas y las mutuales. Dentro de estas últimas, se incluye a las sociedades comerciales de cooperativas o controladas por ellas; a la nueva generación de cooperativas y/o sociedades de hecho de trabajadores que recuperan empresas en crisis y a las redes y cadenas productivas de microempresas y pymes asociadas que, mas allá de las formalidades jurídicas, tienen una práctica muy similar a la cooperativa y están imbuidas de un espíritu asociativo y/o de cooperación.

Notas:

El autor es Actual Director del Departamento de Economia Social, Asociativismo y Desarrollo Local del MPA. Ex presidente del IPAC (Ministerio de la Producción, Pcia. de Bs. As, 1992-99). Ex miembro del Directorio y Presidente del INAES (Ministerio de Desarrollo Social, 2003-04). Director de Posgrado de Economía Social, Mipymes y Desarrollo Local, Universidad Nacional de Rosario.

Este texto es fragmento de una reelaboración de un trabajo publicado en Revista del CLAD, “Reforma y Democracia”, Nro. 28, Venezuela, febrero de 2004.

(1) García, Pablo S. y Saidón, Mariana. “Cooperativismo, racionalidad estratégica y racionalidad comunicativa”, Comité de Investigación, Alianza Cooperativa Internacional, Publicación del Centro de Estudios de Sociología  del Trabajo, Facultad de Ciencias Económicas (UBA), noviembre 2000.

(2) Spinoza, Baruch, “Ética”, Universidad Autónoma de México, 1977.

(3) “La esperanza de vida media se ha prolongado en todo el mundo. En términos generales, la mortalidad infantil viene disminuyendo y las tasas de alfabetización mejoran en los puntos más distantes del planeta. Sin embargo, en los últimos 30 años, el número absoluto de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza se incrementó el 18%. En 1960, el ingreso del 20% de los más ricos del mundo era 30 veces superior al del 20% de los más pobres; en 1995, era de 78 veces y actualmente (datos de 1998) más de 1,3 mil millones de personas viven con menos de un dólar por día. La subalimentación afecta de manera crónica a más de 800 millones de personas en el mundo (U.N.D.P., 1998).

(4) Ramos, Jorge Abelardo, La Nación Inconclusa, Ed. La Plaza, Uruguay, 1994.
(5) Hay que prestar atención a las contribuciones que viene realizando la neuroeconomía, particularmente en lo atinente al hemisferio “racional” del cerebro y los aportes a la economía de la psicología cognitiva, analizando comportamientos emocionales, intuitivos y grupales ignorados por la “racionalidad” del economicismo neoclásico.
(6) Paulo Freire analizó la cultura en el seno de sociedades que se convirtieron en dependientes y sin voz; llegó a la conclusión que cuando una sociedad es continuamente calificada de retrasada, ignorante, incapaz o no competitiva, perezosa o anacrónica, el mensaje termina por ser internalizado, y la sociedad se comporta conforme a la imagen negativa que se le adjudica.
(7) Lacolla, Enrique. “Contra el viento”. Globalización y Nación. Ed. Ferreyra y Corredor Austral, Córdoba, 2002.
(8) Con relación al llamado populismo, por ejemplo, hay una serie de malentendidos: los denominados populismos  -en rigor los movimientos nacionales y populares de los países periféricos-  no han calzado en los esquemas mentales eurocéntricos que tendieron a etiquetarlos como un “fascismo de las clases bajas”. Ese denostado populismo, sin embargo, es parte inescindible del estilo de liderazgo de nuestro continente. A su conjuro se produjeron los cambios estructurales más significativos en esta parte del mundo, mientras una porción del progresismo “racional” se oponía a ellos, aliándose a los sectores conservadores y liberales más retrógrados. Que tales cambios fueron incompletos, nadie lo duda; que estuvieron acompañados de arbitrariedades, de brutalidades y, en algunos casos, de una marcada propensión al grotesco, tampoco cabe discutirlo, pero constituyen la “originalidad” de un proceso de crecimiento, que incluye excepcionalidades tan asombrosas como ese “realismo mágico”, que ha enriquecido numerosas páginas de la narrativa y de la novela latinoamericana. Sus defectos no pueden enjuiciarse si, paralelamente, no se condenan los crímenes, corrupciones y renuncias de políticos e intelectuales abstractos, incapaces de crear nada que se oponga a un estado de cosas, a todas luces injustas, que los “populismos”  vinieron a modificar. (Lacolla, Ob. cit.).
(9) La expresión utópico esta utilizada aquí en el sentido de un diseño estratégico anticipado, de un escenario futuro hacia el cual se pretende avanzar, que actúa como modelo ideológico de sociedad a la cual se aspira y como acicate presente, al  ser un eslabón de un proceso de construcción colectiva intergeneracional. Hay otro concepto de “utópico” que es aquél que descalifica las ideas y un accionar considerados inviables, excesivamente “idealistas” y sin asidero en la realidad presente y futura.
(10) Bhaskar y Glyn, “Development after ecology”, United Nations University Press / Earthscan Pub, Londres, 1995. Versión castellana de Jorde Roca Jusmet.
(11) Olivera, Julio H. Teoría económica y sistema cooperativo en Academia de Ciencias Económicas,  1973.
(12) Etkin, Jorge. La empresa competitiva. Grandeza y decadencia. Mc. Graw-Hill, Chile, 1996.
(13) Scavino, Dardo, “La era de la desolación”. Ética y moral en la Argentina de fin de siglo’ Ed Manantial, Bs. As, 1999.
(14) Elgue, Mario César en Seminario Internacional “Crecimiento Económico con Desarrollo Social”, COOPERAR  y ACI, Ed. Intercoop, 1997.
(15) Jakobsen, Gurli, “Procesos de aprendizaje en las cooperativas”, en Acciones colectivas y organizaciones cooperativas, Comp. Giarracca, Norma, CEAL, 1994.
(16) Se consideran aquí a los feriantes, a los mercados sociales alternativos, las huertas comunitarias y a los microemprendimientos productivos en red, promovidos inicialmente por el Estado, entre otros.

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