Ir más allá del rechazo de lo existente. Alejandro Katz.

Share via emailShare on Facebook+1Share on Twitter
Ayer la sociedad, mayoritariamente, hizo saber al Gobierno que no desea la continuidad de su gestión. Ahora, si se aspira a un futuro mejor, hace falta que la clase política se atreva a enfrentar los problemas de fondo.
Desde las primarias de agosto una palabra se repitió en los análisis políticos, y los resultados electorales de ayer la pondrán definitivamente en el centro de la escena: transición. Comienza ahora, se dice, la transición, la lenta sustitución de un gobierno por otro, el procedimiento democrático que es a la vez continuidad y cambio y que concluirá con la llegada de algo diferente. Una diferencia que explica a la vez el pesar de quienes se imaginan ya partiendo y la alegría de los que suponen que ocuparán su lugar, y también el alivio de los muchos para quienes el kirchnerismo no sólo amenazaba la regla democrática sino que anticipaba, en la eventual continuidad de su gestión, un horizonte de creciente deterioro social, económico y político. Pero, ¿hay en esa diferencia, en la sustitución del actual gobierno por el que, en 2015, será elegido para sucederlo, suficiente sustancia como para hablar de transición?
Habitualmente, el término designa un cambio de régimen: la transición española del franquismo a la democracia, o las que en América latina se produjeron al término de las dictaduras, o las que anunciaron, al fin de la era soviética, el nacimiento de un nuevo orden político -e incluso de nuevos Estados- son algunos de los ejemplos clásicos en los tiempos modernos. El proceso que simbólicamente comenzó ayer no anuncia, afortunadamente, que en 2015 se producirá un cambio de régimen sino tan sólo un cambio de gobierno. Pero así como se debe celebrar esa continuidad democrática, también es conveniente recordar que el nuestro es un país que, desde hace décadas, está cautivo de sus dificultades, indolente ante la degradación y habituado a ser indiferente respecto del futuro mientras resulte posible disfrutar del presente.
¿Es posible encontrar, en el resultado de las elecciones efectuadas ayer, indicios de una voluntad de cambio? Sería deseable que lo hubiera, y la distancia de más de diez puntos que la oposición en la provincia de Buenos Aires obtuvo sobre el oficialismo parece indicar que muchos votantes así lo desean. Sin duda, hacer saber al Gobierno que la sociedad, mayoritariamente, no quiere la continuidad de su gestión es importante. Y es un modo, al mismo tiempo, de informar a quienes pretenden sustituirlo que esa parte de la sociedad se ha fatigado del estilo personalista, autoritario e incompetente del kirchnerismo. Que desea, o cuando menos eso podría inferirse, dar inicio a un ciclo político menos marcado por el estrés inducido desde el poder político, conducido con menos torpeza, menos propenso a introducirse con ?violencia en la vida cotidiana, más calificado para ocuparse de las cuestiones prácticas de la administración. Pero no hay indicios de que la clase política ni la sociedad civil hayan comenzado el camino de ?una reflexión orientada a modificar las causas que explican el sostenido deterioro de la Argentina.
El proceso electoral que terminó estuvo marcado, una vez más, por el desdén de la política hacia la conversación pública, por su indiferencia ante los problemas, por la complacencia. Una política pusilánime, despreciativa de sus votantes, a los cuales sólo habla de lo que cree que quieren escuchar -sea que se trate de cámaras de seguridad o de corrupción-, pero que ignora, o pretende ignorar, que soslayar los graves asuntos de la hora es hacerlos más graves aún en el futuro. Un futuro que está a la vuelta de la esquina, cuyos rasgos no es difícil imaginar por poco que se proyecten hacia allí las tendencias actuales: una economía primarizada, una parte cada vez mayor de la población sostenida por un Estado más y más grande y también más inútil, una sociedad civil adelgazada, mayor concentración de la riqueza y mayores desigualdades sociales, deterioro continuado de los bienes públicos, especialmente la educación. Al evitar poner en escena las dificultades a las que deberá enfrentarse la sociedad argentina si se propone que el futuro sea algo mejor que el presente, la política ignora su obligación de encontrar los instrumentos para ofrecer respuestas adecuadas al vasto conjunto de antiguos problemas, tanto como a las nuevas encrucijadas que plantea cada día un mundo complejo.
El largo proceso electoral que fue de las primarias a las legislativas mostró con crudeza, una vez más, que lo verdaderamente importante no es objeto del discurso político y que, cuando aparece, lo hace con un lenguaje artificioso y vacuo, si es que no directamente falaz como en la inverosímil retórica del oficialismo. ?La pretensión, por lo demás, según la cual la novedad o la juventud son necesariamente atributos de la virtud, o la insistencia acerca de un futuro respecto del cual la política no ha podido todavía decir nada, no hacen más que enmascarar la imposibilidad de pronunciar palabras cargadas de sentido.
Si las legislativas realizadas ayer dejan lecciones, éstas no deben buscarse tanto en lo que la sociedad desea como en lo que rechaza: la reciente experiencia compartida que, así como alguna vez despertó esperanzas en una parte considerable de la población, se ha vuelto indeseable como resultado de la conjunción del estilo y de la incapacidad de quienes gobiernan. Nada, o muy poco y muy vago, dicen estas elecciones respecto de las expectativas que para el mediano y el largo plazo tienen los diversos actores sociales, y mucho menos de lo que la clase política tiene para proponer a sus votantes.
En esa zona oscura que se extiende entre el rechazo de lo existente y la indefinición sobre lo deseado, en esa zona de la que no se ha hablado en la campaña y en la que proliferan las ambigüedades, crece el transformismo de una política que cada vez más representa, como escribió Gaetano Mosca, “intereses esencialmente privados cuya suma dista mucho de formar el interés público”.
El crítico Robert P. Hague ha señalado que uno de los principales temas de La divina comedia es el movimiento. “La gran diferencia entre los pecadores en el Infierno de Dante y los penitentes en su Purgatorio es que los primeros no van a ningún lado, mientras que los últimos se mueven hacia un objetivo. En el Purgatorio, el tiempo tiene importancia, y el movimiento, un propósito. En el Infierno, en cambio, da igual que las almas sean azotadas por tormentas o caminen sobre arenas ardientes o lleven pesadas cargas, pues el movimiento no lleva a ningún sitio. En la visión de Dante, el Infierno es una interminable pérdida de tiempo.”
La Argentina ha sido azotada por tormentas, y sus ciudadanos hemos caminado sobre arenas ardientes y hemos llevado pesadas cargas, pero no pareciera que vayamos a ninguna parte. Anoche, todos o casi todos los candidatos se consideraban ganadores de las elecciones, y muchos anunciaban de uno u otro modo que su preocupación no está en la discusión acerca de cómo enfrentar las dificultades de nuestro país sino en las elecciones presidenciales de 2015.
A diferencia de los pecadores del Infierno, los problemas de nuestro país no son morales sino políticos. El proceso electoral que concluyó ayer sugiere que la política, en lugar de resolverlos, sigue perdiendo el tiempo. Y perder el tiempo es condenarnos al Infierno.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1633155-ir-mas-alla-del-rechazo-de-lo-existente
© LA NACION.