La construcción del país posible. Bernardo Kosacoff.

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Constantemente se auto referencia como un privilegiado porque, dice, le han dado oportunidades que supo cultivar y goza del reconocimiento que no muchos tienen. “He tenido mas alegrías que miserias” sintetiza Bernardo “Beni” Kosacoff al cierre de una charla que es inútil calificar de abierta y sincera. Se trata de una de las personas más auténticas que hemos conocido a lo largo de más de treinta años de ejercicio del periodismo, de un intelectual consciente y un amigo envidiable. Cierra hoy en silencio las puertas de su despacho como titular de la Oficina en Buenos Aires, de la Comisión Económica de América Latina y el Caribe, después de una gestión exitosa que será difícil igualar. Pero, por otros caminos, seguirá trabajando por aquel país deseable que nunca se limitó a soñar.

– Tu trayectoria en CEPAL es seguro que incluye, como fondo, buena parte de la historia económica de nuestro país, ¿nos contás?

– En diciembre de 1974, estando en el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE), me aplicaron la ley de prescindibilidad. En ese entonces Juan Sourrouille estaba en la incipiente oficina de la CEPAL en Buenos Aires piloteando un proyecto de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para estudiar la presencia de las empresas transnacionales en la economía argentina. Vinculados desde un par de años atrás por nuestro trabajo en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) – institución en la que Juan ejercía la presidencia y yo coordinaba los cursos de post grado- en enero de 1975 me convocó y comencé en CEPAL A Juan le debo muchísimo, no solo porque me dio un lugar en el que refugiarme durante años turbulentos, sino porque entre el ’75 y el ’78 formamos un equipito de dos y llevamos adelante una gran cantidad de trabajos. Tuve el privilegio de ser su ayudante informal y de él aprendí a manejar información, a realizar los primeros análisis económicos y a interiorizarme en serio sobre el sector industrial argentino.

– Dicen que no es fácil relacionarse con Sourrouille.

– Juan es un maestro y uno de los economistas más importantes de América Latina. En ese tiempo hicimos un trabajo fantástico sobre la presencia del capital extranjero en toda la etapa sustitutiva y, entre otros, sobre el complejo automotor en la segunda fase de la sustitución de importaciones. Al mismo tiempo me convertí en una especie de ayudante o persona que colaboraba con quienes tenían que terminar investigaciones y tuve el privilegio de interactuar con Jorge Katz o Ricardo Lagos que en esos momentos estaba en Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Después, cuando la oficina de CEPAL se redujo, durante tres o cuatro años me dediqué a realizar estudios de consultoría, algunos con el Instituto para la Integración de América Latina y el Caribe (INTAL). Mas tarde, en febrero de 1984 regresé a CEPAL y hasta que asumí su dirección, en los inicios del 2002, coordiné todos los trabajos que tenían que ver con estrategias empresariales o competitividad. El núcleo duro era entender mejor la naturaleza de las empresas y como se desarrollan capacidades competitivas en contextos de incertidumbre, alta volatilidad económica y baja calidad institucional. Durante largo tiempo buceamos en ese vínculo tan particular que relaciona la aplicación de políticas, las conductas microeconómicas y el contexto macro. Hice encuestas a 1.000, 1.500 empresas, así que la mayor parte de esos estudios se hicieron con fuerte base empírica.

– ¿Qué temas específicos abordaron?

– Hicimos muchos trabajos sobre la dinámica exportadora, la conducta tecnológica, la calificación de recursos humanos, el desarrollo de las multilatinas argentinas y también estudios de casos que eran representativos de nuestra economía. A fines de los años ’80 nos resultaba fascinante ver como la Argentina podía desarrollarse dentro de una empresa global y seguimos, entre muchos otros, el caso de IBM haciendo impresoras en Martínez y vendiendo equipos que se exportaban a Japón por alrededor de 90 millones de dólares al año. Tratábamos de entender como desde un país tan chico como el nuestro había empresas que receptaban inversión extranjera directa (IED), exportaban y después se convertían en multilatinas. En la década de los noventa hubo muchos pioneros en el desarrollo del modelo agroexportador y en la sustitución de importaciones. Tuve el privilegio de que se hicieran buenas lecturas macroeconómicas y agregarles aquellos matices que nos permitían entender cómo se da la dinámica del cambio estructural, al que considero un tema central. Tratar de saber qué pasa en la microeconomía, en la organización de los mercados, en la estructura productiva, lo que sucede en términos de la especialización y la inserción internacional revela peculiaridades de este país tan curioso que es la Argentina.

– ¿Cuál es la distancia entre los resultados de tantos análisis y la realidad?

– Hay una distancia, pero creo que se avanzó mucho. Uno de los elementos centrales es que, como te decía, encuestamos alrededor de 1.500 empresas y hemos visitado, en nuestro país, a unas 500, así que aprendimos mucho. Ver en particular cómo es el proceso de toma de decisiones, como se resuelve una inversión o una estrategia de negocios y cómo cada una de estas conductas es afectada por el contexto macro nos permitió entender muchos comportamientos. Creo que hoy la sociedad hace una mejor lectura de la gestión empresaria y, a ese nivel, yo soy optimista.

– ¿Qué condujo a ese desentendimiento entre la sociedad en general y el mundo empresarial en particular?

– Desde el “rodrigazo” hasta aquí, uno de los problemas mas negativos que enfrentamos es el de la alta volatilidad de la economía y haber vivido 15 años con recurrentes caídas en el nivel de actividad. Esa volatilidad llevó a que se produjera un consenso social muy alto sobre la necesidad de tener y mantener la consistencia macroeconómica. Pero, a la vez, el acuerdo es cada vez mayor en que aquella es una condición necesaria, pero no suficiente.

– Condición, quizás, de crecimiento, pero no de desarrollo.

– En los años ’70 nuestra preocupación era donde podríamos buscar un peso más de exportaciones, porque el tema central de la economía argentina era la restricción externa y carecíamos de divisas suficientes para financiar el crecimiento de largo plazo. Cierto es, también, que el dinamismo del sector exportador era bajo.

Desde mediados de los ’80 hasta ahora las exportaciones crecieron al 8% por año y es este el único indicador económico y social positivo que tiene la Argentina. En la actualidad, desde el inicio del nuevo milenio, tenemos un “tsunami” de dólares y balances comerciales positivos que permiten un manejo de la política económica mucho más cómodo que el que podía hacerse décadas atrás. Pero el costado negativo es que este aluvión de exportaciones no nos garantiza el desarrollo.

– ¿Y qué es lo que lo garantiza?

– Es muy importante atender al mundo real, a la estructura productiva, a la empresa como generadora de valor. Desde el año ’75 hasta ahora el producto por habitante creció menos del 1% y generamos todos los fenómenos de pobreza, indigencia, informalidad y una estructura productiva notablemente heterogénea.

En nuestros días hay un nuevo tema en la agenda, hasta no hace mucho inexistente, que es la respuesta a en qué nos especializamos, cómo aumentamos la calidad de nuestra mayor fuente de riqueza. Y la vocación de hacerlo teniendo como horizonte la inclusión del 40% de nuestra gente que durante estas tres décadas ha sido sistemáticamente excluída. No hablo sólo en términos de un aumento de los ingresos, sino de educación, de capacitación, del acceso a oficios y, en especial, de una fuerte valoración de la cultura del trabajo.

– Lo que lleva a la necesidad de un cambio en la estructura productiva ¿lo ves así?

– Definitivamente. En la Argentina lo más sorprendente es que en determinados períodos, y lo advertimos con claridad en la etapa del 2003 en adelante, demostramos que somos capaces de generar riqueza. La evidencia la encontramos en el aumento de la producción, de las de las exportaciones y de los niveles de empleo, pero ahora debemos trabajar para hacerlos sustentables en el largo plazo.

– ¿Cuál es la receta?

– No hay una sola bala. Necesitamos una estructura productiva más compleja, más sofisticada porque es cierto que en estas tres décadas nos hemos reprimarizado, el crecimiento exportador se ha dado sobre la base de productos primarios y commodities industriales. El hecho en sí ha sido positivo porque nos ha solucionado múltiples problemas coyunturales, pero está muy lejos de los objetivos que debería alcanzar el país para integrarse. También es cierto que la estructura productiva está muy extranjerizada hecho que no es ni bueno ni malo, hasta que valoramos la calidad de su presencia.

– ¿Cuáles son los objetivos que debiera darse nuestra sociedad?

– Hay que pasar a la sociedad del conocimiento. Los países que han alcanzado el éxito son aquellos que apostaron a una estructura productiva mas intensa en densidad nacional y en densidad tecnológica, en calificación de los recursos humanos y en fenómenos asociativos donde la riqueza se genera a través de redes que interactúan y por las que transita la generación de ventajas competitivas dinámicas.

Soy optimista respecto del futuro de la Argentina porque entre los 200 países en desarrollo forma parte del privilegiado grupo de 10 países en los que es posible encontrar islas de modernidad, esos tallos verdes que permiten visualizar un mejor horizonte basado en el desarrollo de habilidades que pocos países pueden mostrar.

– El problema quizás resida en cómo articular, cómo tejer esos tallos verdes que, por otra parte, siempre existieron- y muchas veces se perdieron o, lo que es peor, se destruyeron.

– Lo primero que debemos hacer es valorizar el capital social que tenemos y que, en parte se desperdició, porque muchas veces creímos que no era nada.

Que en la década de los ‘70 la Argentina haya tenido el sector metal-mecánico más sofisticado de todo el mundo en desarrollo a nadie le importó y como ese hay muchos otros ejemplos de destrucción de habilidades. Así que, acto seguido de valorizar nuestras capacidades, debemos generalizarlas. Pero, insisto, la visión optimista es que en la Argentina sabemos que esto se puede hacer, que existen ejercicios sistémicos en que durante largos procesos evolutivos se desarrollaron capacidades que no brotaron de la nada sino que son la consecuencia de acumular conocimientos y experiencias durante mucho tiempo y con mucho esfuerzo.

Cuando uno observa los casos exitosos, siempre se encuentra con largas historias de más de una década. Cuando uno ve a Transax haciendo cajas de cambio en Córdoba como la mejor planta global, esa es una historia que comienza sesenta años atrás en algún taller de ingeniería de la fábrica militar de aviones, que termina utilizando sus habilidades convirtiéndose en uno de los autopartistas más importantes del mundo. Ese es un proceso evolutivo de largo plazo donde proveedores, clientes, mano de obra, todas las partes interesadas contribuyen a desarrollar esas capacidades.

Cuando uno conoce la historia de INVAP es imposible no enraizarla en la política nuclear llevada adelante varias décadas atrás. Sin aquella experiencia no existirían estas capacidades. Así que es muy importante valorar el capital social que uno tiene, aprovecharlo, potenciarlo y difundirlo. Y entender que la Argentina es un país de 40 millones de habitantes para el que no puede pensarse un modelo de desarrollo válido para sociedades de 6 ó 7 millones de personas.

– ¿Por qué se insiste en esos modelos?

– Es cierto, se insiste. Creo que la compulsión a repetir errores no sólo es un fenómeno psicológico sino un comportamiento que se encuentra a nivel social.

– Pero hubo claras decisiones políticas en llevar adelante ese prototipo de especialización en bienes primario, porque éste, claramente, es un país que se desindustrializó.

– Totalmente. En la década del ’70, además del nuevo patrón de especialización, había que romper las alianzas entre sindicatos y empresarios que impulsaban un esquema de protección, alianzas que se enfrentaban abiertamente a aquellos que tenían una visión distinta del país. El elemento político siempre estuvo presente, pero creo que hoy es más importante resolver nuestras ataduras a falsos dilemas: empresa grande o empresas pequeñas y medianas; agro vs. industria; industria vs. servicios… todas estas actividades no son antinómicas, todas son necesarias. La empresa grande hace falta para economías de escala, sin PyMES no hay posibilidades de hacer economía de especialización y un mundo sofisticado. Cuando uno analiza cualquier eslabón de la cadena agroalimentaria comprende con rapidez que no se puede ser competitivo en serio sin el aporte y el compromiso de la estructura industrial y de servicios que le permite el desarrollo de sus capacidades. El otro falso dilema es el que enfrenta a las políticas con el mercado. Los que tienen una visión fundamentalista del mercado no entienden que éste es una institución social que se construye a partir de las reglas de juego que se ponen. No hay dudas que mercados competitivos ayudan al desarrollo económico, pero deben ser complementados por muy buenas políticas, por muy buenos incentivos, por muy buenas sistemas de recompensas y castigos. El otro punto que se discute una y otra vez es la relación que existe entre el nivel de salarios y la competitividad. La Argentina nunca va a ser competitiva con salarios bajos, hay en el mundo varios miles de millones de personas dispuestas a trabajar por un salario más bajo que el salario medio que existe en nuestro país. La competitividad la vamos a acrecentar con el progreso técnico, la calificación, la calidad de la mano de obra. Este tipo de cosas hoy por lo menos están en la agenda, y eso no es poco.

¿También en la agenda política?

– Y en la agenda de la sociedad, lo que no quiere decir que haya una respuesta colectiva adecuada. La identificación de los problemas no es tan difícil y uno de los mayores es que Argentina nunca va a ser sustentable con la distribución del ingreso que tiene. Pero esa es corresponsabilidad de las políticas públicas y del comportamiento de cada uno de nosotros que debemos entender que eso se tiene que modificar. Creo que cada política que aplique el gobierno debiera llevar la evaluación de cuál será su efecto distributivo. Tenemos que acordar un contrato social que revierta la distribución del ingreso de la economía argentina y deberíamos hacerlo aunque sólo sea por razones egoístas, por motivos de seguridad personal y familiar.

Frente a estos temas creo que hoy aparece una agenda más moderna que la que tuvimos antes: ahora hay consenso en que la macro es condición necesaria pero no suficiente para inducir el desarrollo y hay acuerdo en que la agenda social, la de inserción internacional y la económica es una agenda única.

Lo que también es claro es que todavía no hay una agenda de desarrollo; la Argentina no tiene en claro hacia donde quiere ir, ni tiene en claro cómo articular un país deseable y posible. Y es fundamental entender que la confianza es un elemento central para continuar avanzando. Se necesita confianza no solo para la construcción institucional o en términos de la cooperación que debe existir entre el sector público y el privado, sino al interior mismo del sector privado. Un rasgo del sector privado argentino es que después de tanta volatilidad y de tanto conflicto nos quedamos en las primeras fases del valor agregado y esto no es casualidad. Hoy las densidades contractuales son mucho menores y los ejercicios colectivos de cooperación son más abiertos, así que lo que es necesarísimo es aumentar la confianza al interior del sector privado entendiendo que juntos podemos recrear un mundo productivo más sofisticado y complejo.

– ¿Es posible la elección de un perfil productivo en un mundo donde los poderes están tan concentrados y, a la vez, parecen estar cambiando?

– Tiene que ver con nuestra historia evolutiva y hasta donde llegamos. Y creo que un elemento muy importante es que desde 2003 en adelante, de alguna forma, la cancha se ha allanado y uno puede visualizar lo que algunos llaman las islas y otros los arbolitos o los tallos verdes, es de allí que surge el patrón de especialización del país.

– ¿Es un patrón novedoso o vemos siempre lo mismo?

– Hay novedades. Una de las novedades es que volvieron en forma dinámica los recursos naturales y que nuestro mayor desafío consiste en cómo aprovecharlos mejor. Ahora también aparece una participación creciente de los servicios en la economía, con la novedad que cada vez son más transables. Argentina tiene algunos núcleos en el sector servicios que sólo se pueden desarrollar si hay una estructura industrial sobre la que pueden apoyarse. Hablo de turismo, bienes culturales, diseño, software o cinematografía todas actividades con un fuerte impacto en la generación de empleo, de divisas y en el nuevo patrón de especialización.

El otro aspecto es que hay que rescatar al sector manufacturero, porque sin industria no hay desarrollo económico. Sin industria no podemos desarrollar el sector primario si es cierto que queremos agregarle valor y tampoco tener un sector de servicios con un mayor grado de sofisticación.

Si la Argentina quiere dejar de ser productor de insumos agropecuarios y exportar proteínas blancas o proteínas rojas, si la Argentina quiere estar en las góndolas, entonces el desafío de la cadena agroalimentaria es el agregado de valor a la producción primaria. Eso significa inversiones en maquinaria agrícola, en genética, en biotecnología, en ingeniería financiera, satélites, puertos, carreteras… Hasta ahora, sólo recorrimos la mitad del camino, hacemos insumos y no alimentos y la estructura de la cadena agroindustrial sigue siendo notablemente heterogénea. Hay un foco sofisticado que está en la agricultura certificada, en la agricultura de precisión y que nos coloca en la frontera técnica internacional. Pero este es sólo un núcleo no difundido a lo largo del complejo y es esa difusión la que nos desafía. Hay que trabajar para hacer realidad una visión integradora del país, un país que utilice todos sus recursos sin falsas antinomias.

– ¿Cuántos años hace que estudiás y trabajás para hacer posible ese país?

– Toda mi vida. A veces pienso que aprendí mucho más en el almacén de mi papá y en muchas cosas marginales que me tocaron vivir que en la facultad o elaborando “papers”.

Si tengo que confesarte algo te diría que pocas cosas me emocionan tanto como entrar a una fábrica y ver a la gente trabajando, porque cuando una persona trabaja hasta la sonrisa es distinta en su cara. En el trabajo hay una dignidad que no se consigue en ninguna otra actividad y nuestra gente es maravillosa por su tesón y por su creatividad. Si algo hay que promover en nuestro país es una vuelta a la valoración de la cultura del trabajo, que es el punto de partida para pensar un país distinto.

– A lo largo de estos años ¿cuántos presidentes (o candidatos a serlo) te escucharon?

– Me siento un privilegiado porque me dieron oportunidades y reconocimientos que a no todo el mundo se lo dan. He escrito muchas cosas y sé que varios presidentes las han leído. Ojala les haya servido para pensar en un país donde la inclusión, la equidad y el trabajo diseñan las mejores formas de convivencia.

– ¿Quiénes son tus referentes?

– La Argentina es un país pródigo en personajes maravillosos y es difícil hacer nombres porque se cometen injusticias. En los años ’60, en plena época de movilidad social ascendente (de la que soy un exponente), hubo referentes importantes. Pienso en un Manuel Sadosky, en Oscar Varsavsky y en muchos otros que siempre han estado dentro o cerca de lo que se ha dado en llamar el progresismo. A nivel personal recuerdo a un Rozansky, que dirigía la biblioteca de la AMIA, como alguien que impactó con fuerza en mi desarrollo y del que me preguntaba ¿por qué éste hombre vive rodeado de tantos libros? Siempre estuve dentro de las corrientes progresistas que, a mí entender, son las que permiten pensar un país mejor, más inclusivo. Pero también creo que el progresismo tiene que aprender mucho y, en mi tema en particular, entender que para generar desarrollo hay que tener una base empresarial muy fuerte. Aquí mis referentes, sin dudas, son las empresas innovadoras, las que me llenan de orgullo.

– Y aguas abajo ¿a quienes consideras tus herederos?

– Hay muchachos y muchachitas con ganas y eso es muy bueno. Nuestros hijos, los mas de 15.000 alumnos que he tenido, los chicos que colaboraron en nuestros proyectos, todos forman parte de un grupo que me entusiasma. Creo que los jóvenes tienen algunas cualidades de las que nosotros carecimos porque son más pragmáticos y más emprendedores. Pero también algún déficit entre los que la solidaridad (más allá de las épocas de crisis) o el cortoplacismo no son menores. Pero en todos los grupos con los que interactué hay un 10 ó un 15% que uno reconoce como la mejor gente del mundo. Muchos de esos chicos, desaprovechados en su momento por la Argentina, hoy son profesionales del más alto nivel en los más importantes centros del saber mundial. Y este es un hecho que no puede seguir sucediendo porque, sin ninguna duda, estas personas son uno de los mayores activos que tiene nuestra sociedad.

Fuente: http://www.informeindustrial.com.ar/verNota.aspx?nota=La construcción del país posible___268

Revista Informe Industrial, mayo/junio de 2010.