La hora de los consensos concretos y realizables. Por Roberto Lavagna.

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Luego de la repercusión generada por la publicación de la columna del ex ministro de Justicia Alberto Iribarne, el sábado último, que planteaba la necesidad imperiosa de arribar a consensos, LA NACION convocó a dirigentes políticos a que abordaran el tema. El doctor Roberto Lavagna expresa aquí su punto de vista.


El año del Bicentenario, revalorizado por la reciente respuesta pública de los argentinos durante la semana del 25 -argentinos de todas las edades, condición social y preferencia política-, lleva a preguntarse si hoy hay clima en el país como para esperar consensos básicos.

La respuesta es ambigua: sí y no. Sí, si se escucha la opinión, el mensaje, la voluntad de la gente, del pueblo. Un pueblo que en todo el país festejó pacíficamente. Necesitábamos una bocanada de aire fresco, de alegría, de cordura, de paz.

No, si se ve cómo actuó la clase política, empezando por el Gobierno, pero no sólo por el Gobierno. Está fresco aún el “culebrón” del Colón, el papelón de la comida en la Casa Rosada o -a pesar de la Iglesia- todas las especulaciones que giraron en torno a los dos tedeums.

Que esta respuesta ambigua se transforme en un sí rotundo, en favor de consensos básicos, que es lo que la mayoría prefiere y a lo cual por supuesto adhiero, depende, por tanto, de un cambio de conductas del mundo político.

Los que argumentan y actúan en contra de esta sana evolución tienen tres tipos de argumentos:

1) Es propio de la política diferenciarse, disentir. No hacerlo, dicen, significa propender a un pensamiento único contrario a una verdadera democracia.

2) La búsqueda de consensos paraliza la capacidad de gobernar en el caso del Poder Ejecutivo, o de avanzar a la oposición con sus propias iniciativas de leyes en el caso del Congreso.

3) El consenso es statu quo, ya que es más fácil acordar en torno a lo que ya existe que decidirse a cambiar.

Vamos mal si tomamos estos tres argumentos al pie de la letra. Pueden parecer ciertos pero no lo son, porque en realidad parten de lo que, creo, es una interpretación errónea de lo que significa buscar consensos básicos.

El primer argumento desconoce la sutileza de lo que puede llamarse “grado de disenso”. Del lado oficial, despreciar a las minorías; ignorar los resultados electorales más cercanos en el tiempo; presionar a actores de la vida nacional, llámense sindicalistas, empresarios, medios de comunicación; aprovechar la pobreza para comprar voluntades; “escrachar” a quien no piensa igual no es disenso, es autoritarismo.

Del lado de la oposición, aprovechar el grado de libertad que da no estar en el gobierno para demonizar o para anunciar el Apocalipsis es irresponsabilidad.

En una democracia real siempre hay disenso, pero en un “grado” civilizado que permite la convivencia, el diálogo y acuerdos que en numerosos temas logran reunir el apoyo de una porción mayor de la ciudadanía.

El segundo argumento no es menos errado. No se trata de uniformar pensamientos o paralizarse, se trata de usar como “método” de gobierno la consulta, el diálogo, el intento de alcanzar mayorías de apoyo que vayan más allá del mero partido de gobierno. Importa el método, el intento de lograr esos mayores consensos. Se actúa en soledad -con menor apoyo social- una vez agotado este procedimiento de reunir voluntades. En el extremo, entre la inacción o el accionar con menor consenso, se elige la acción. El requisito es haber demostrado voluntad y recorrido genuinamente el camino de búsqueda de concordancias más amplias.

También el tercer punto es falso. Cuando las sociedades reclaman cambios, consensuar en torno al statu quo es un suicidio. Nadie, ni gobierno ni oposición, podría hoy refugiarse en un consenso para que las cosas no cambien. Para no hacer.

Cabe entonces decir que contra aquellos argumentos antiacuerdo, consenso es a la vez: diversidad democrática, es un método para hacer las cosas con el mayor apoyo posible y es un instrumento para salir de bloqueos socio-políticos y cambiar en cuestiones estratégicas.

Un último comentario. Los consensos no son como un árbol de Navidad en el cual cada quien deposita sus deseos. Los consensos, para que no sean una fuente de decepción, tienen que ser serios, coherentes, concretos, realizables.

Los argentinos nos lo debemos.

El autor fue ministro de Economía.

Para ver esta nota en el Diario La Nación hacer click aquí.

  • 1 comentario

    • miguel requena dice:

      Dr. Lavagna, es saludable aguardar pacientemente que en los tiempos actuales encontremos vías de consenso, pero la historia nos enseña, tozudamente, que los argentinos carecemos hasta el presente del animo proclive a ponernos de acuerdo en los menores temas, convengamos que ello sería un verdadero y definitivo cambio cultural.
      Entonces, pienso, que el posible debate no deberíamos centralizarlo en modificar lo existente
      que nos desgasta a ultranzas de quienes nada quieren cambiar u otros que solo quieren llegar al poder ” como sea y con quienes sea “.
      Pienso, decía, que la forma desde lo inmediato es formular una propuesta alternativa precisa y diferente donde el campo de aplicación sea la nación en su conjunto, tocando todos los temas que deben abordarse de manera definitiva porque, de lo contrario, solo se es más de lo mismo y la aparente controversia resulta en un híbrido con las mejores intenciones pero sin la posibilidad de llegar a implementarlas por carecer de poder de convocatoria.
      Atte. Miguel Requena