“La inflación es la nueva ilusión de la economía”. Jorge Todesca.

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Jorge Todesca* para El Economista.

¿Existe una profunda y generalizada preocupación por la inflación en nuestro país? Cada vez más me inclino a pensar que no. Estabilizada precariamente la tasa en torno al 25% anual, una buena parte de la sociedad parece sentirse relativamente confortable o resignada con esta situación.

Los trabajadores formales consiguen aumentos salariales compensatorios. Muchas empresas logran mantener sus márgenes trasladando a precios los aumentos de costos y convirtiéndose en poleas de transmisión de los mismos, según su ubicación en la cadena de valor. Los prestadores de servicios tampoco tienen, por ahora, mayores problemas en acoplarse a esta “indexación indolora” de la economía.

Los exportadores no agropecuarios enfrentan una situación más compleja, aunque no idéntica en todos los casos. Hay quienes tienen elevado componente importado en sus costos, de manera que la pérdida de competitividad del tipo de cambio les encarece, en términos relativos, su porción nacional de costos, pero les abarata la importada. Los que tienen muy elevado componente nacional están en verdaderos problemas.

También sufren sus efectos los trabajadores informales y los desempleados. Pero allí llegan generosamente 3.500.000 de asignaciones por hijo, y no menos de un millón más pagos asistenciales a través de otros programas.

En la lista de “compensaciones” no hay que olvidar las 2.500.000 nuevas jubilaciones derivadas de la amplia moratoria previsional y el merecido e insuficiente ajuste bianual de las jubilaciones y pensiones, que muchos beneficiarios sin ninguna capacidad de reacción o protesta reciben con ilusoria y efímera alegría.

La suma de todas estas situaciones –adictos, resignados y beneficiados- no esperan ni demandan mayores cambios en la política económica. No son pocos quienes piensan que, para abatir la inflación, habría que al menos moderar la tasa de crecimiento del consumo. Productores e importadores no ven con simpatía esa perspectiva. Los consumidores tampoco.

La inflación es la nueva ilusión argentina. Como la convertibilidad, pero con un ropaje diferente. Cuando estalle habrá primero protestas y luego el tradicional reconocimiento de que lógicamente la situación no era sostenible. Entre tanto, en términos estratégicos, la Argentina seguirá estancada o en retroceso, metida en una dulce burbujita de consumo.

Hace muchos años –más de cuarenta- el ilustre economista argentino Julio G. Olivera publicó un artículo sobre las características de la inflación estructural, concepto que contribuyó a desarrollar y por entonces estaba muy de moda. En el mismo describía tres posibles etapas de la inflación que explican muy bien, en otro contexto, el camino que por entonces siguió la Argentina y que seguramente en algún momento se repetirá.

Para Olivera existían tres tipos de secuencia a) un alza de precios de duración limitada, de ritmo decreciente o finalmente decreciente; b) un alza de precios de duración ilimitada, de ritmo constante o irregular, c) un alza de precios de duración ilimitada, a un ritmo creciente. La Argentina se encuentra comprendida en la categoría b) que, junto con la c), el autor consideraba como sistemas “dinámicamente inestables”, lo que traducido significa que en algún momento puede llegar el “tsunami”.

Pero eso no ocurrirá por ahora, de manera que aquellos que pertenezcan a algunos de los grupos sólo acariciados por la inflación, pueden disfrutar del momento con la misma intensidad que durante buena parte de los años de la convertibilidad.

* Economista. Director de Finsoport S.A. Consultores Económicos.