Las claves del progreso económico. Por Alieto Guadagni.

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Haber aumentado el PBI a un ritmo no menor al 7% anual por más de 25 años consecutivos es un razonable indicador de un sustancial progreso económico de una nación. El caso es que son apenas trece los países que cumplen este requisito desde fines de la Segunda Guerra Mundial hasta ahora. De estos trece nada menos que nueve están en el Asia-Pacífico y apenas uno en América latina (Brasil). Encabeza el grupo asiático exitoso China, que fue capaz de multiplicar trece veces su PBI por habitante entre los años 1950 y 2005. El gigante asiático es seguido en este sendero de sostenido progreso por Corea, Singapur, Taiwan, Japón, Hong Kong, Tailandia, Malasia e Indonesia.

Si entre unas ciento ochenta naciones en todo el mundo apenas trece se destacan por su excelente comportamiento, vale la pena preguntarse cuáles son las razones que explican este resultado. El interrogante clave es cuáles son los factores que explican el crecimiento económico de un país. Pero no un crecimiento esporádico o transitorio, sino uno prolongado y estable, es decir un verdadero proceso de desarrollo económico acompañado por una considerable reducción de la pobreza.

Existe un consenso generalizado respecto de la identificación de numerosos factores explicativos del progreso económico. Pero si queremos presentar una lista abreviada debemos mencionar, por lo menos, ocho cuestiones importantes.

1- Solidez macroeconómica, es decir, financiamiento genuino del gasto público y ausencia de inflación y, sobre todo, de hiperinflación. La política tributaria al mismo tiempo tiende a mejorar la distribución del ingreso, y no a hacerla más regresiva al subsidiar, por ejemplo, a través del gasto fiscal, a los ricos y no gravar sus rentas.

2- Alto nivel de ahorro, pero volcado a la inversión productiva interna en el propio país, es decir, ausencia de una fuga sistemática de capitales.

3- Buena regulación estatal que permita funcionar a mercados eficientes, sobre todo en sectores intensivos en capital, como la infraestructura energética, que demanda una fuerte inversión a largo plazo. Las regulaciones tienen que evitar la consolidación de monopolios y ser claras y estables, fuera del alcance de la manipulación de funcionarios corruptos. Los órganos regulatorios son conducidos por personas profesionalmente competentes y preservadas de la presión política.

4- Gobiernos estables, capaces, creíbles y con una visión estratégica de largo plazo; si el régimen político imperante es una democracia pluripartidaria (cosa que, paradójicamente, no es China) esto exige la vigencia de políticas compartidas de Estado en las cuestiones fundamentales. 5- Existencia de una burocracia pública profesionalmente competente y estable, es decir, no sujeta a los vaivenes electorales. 6- Apoyo al desarrollo científico y tecnológico vinculado a la producción, sobre todo por medio del sistema educacional.

7- Educación generalizada e inclusiva de todos los grupos sociales, pero exigente y de alta calidad, con un calendario escolar a nivel primario y secundario que supera los 190 días de clase por año. Los niños pobres no son postergados por la vigencia de escuelas deficientes, mal equipadas y con un corto período lectivo. La universidad está abierta a todas las clases sociales y no discrimina en función del nivel económico de los alumnos. Pero el ingreso en la universidad compromete el máximo esfuerzo intelectual por parte de los aspirantes, es decir, no es irrestricto. La universidad contribuye al crecimiento económico, al formar profesionales aptos para aplicar las nuevas tecnologías; la matrícula universitaria no está anclada en las tradicionales carreras del pasado, sino en las nuevas, necesarias para poner en valor todos los recursos naturales del país y expandir su capital humano altamente calificado.

8- El último requisito se refiere a saber aprovechar las oportunidades del mundo globalizado, lo cual exige tener una fuerte vocación “ofensiva”, es decir exportadora, más que vocación “defensiva”, es decir de cierre del comercio exterior. Todos los países exitosos han tenido un dinámico comportamiento exportador. La actual crisis mundial pone de relieve particularmente la importancia de esta cuestión, referida a la inserción internacional de las naciones. Por eso es oportuno referirnos ahora a nuestro país y a la mejor manera de enfrentar esta crisis de alcance mundial.

Si uno observa el comportamiento de nuestras exportaciones en los últimos años observará un fuerte incremento, pero no gracias a mayores volúmenes, sino simplemente al aumento de los precios de las commodities . Países como Perú, Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay, Colombia y Paraguay vienen aumentando sus exportaciones más que nosotros.

Como los altos precios de nuestras exportaciones son ya cosa del pasado, ahora el camino por recorrer será más arduo, ya que habrá que incrementar la producción exportable. Para esto es necesario comenzar a desmontar ya mismo el mecanismo de las retenciones, que sirve para recaudar mucho, pero, al mismo tiempo, es la mejor receta para la parálisis de las inversiones productivas. Nuestros gravámenes al comercio exterior superan siete veces a los de Brasil y ocho veces a los de Chile. Es hora de reducirlos.

Tengamos en cuenta que nuestras exportaciones se orientan a mercados mundiales que serán poco propicios en los próximos meses, ya sea porque están en recesión, como Europa, Estados Unidos o Japón, o porque han devaluado fuertemente sus monedas, como Brasil, Chile y México. Casi el 80% de nuestras exportaciones serán afectadas negativamente por estos hechos, lo cual nos debe inducir a revalorizar el rol de la producción orientada hacia las exportaciones y su impacto en mantener los niveles de empleo y actividad, particularmente en el interior del país.

El ciclo económico apunta a la recesión, por eso es crucial implementar sin demoras una política anticíclica, al estimular la demanda global para que tenga mayor impacto expansivo. El aumento en el gasto público no es el mejor mecanismo; si se quieren acelerar las obras públicas para mantener la actividad se tropezará con los vericuetos de la burocracia, y mientras más urgencia haya en avanzar en los proyectos, mayores serán los desvíos por sobrecostos. Es más efectivo eliminar ya todos los impuestos a las exportaciones de manufacturas industriales; no tiene ningún sentido ahora gravar, por ejemplo, las exportaciones de calzado, indumentaria, vehículos, plásticos, motores, aluminio y siderurgia. También hay que eliminar ya los impuestos que castigan a las economías regionales, como los vinos, frutas, hortalizas, té, yerba y porotos. En cuanto a los impuestos a los productos agropecuarios, habría que reducirlos y permitir aplicar una fracción al pago de impuestos nacionales.

Es urgente estimular al sector privado para que aumente su producción; es la mejor vía para evitar la recesión y el desempleo; además, si la mayor producción fortalece las exportaciones, su contribución a disipar los pronósticos apocalípticos será invalorable. Siendo todo esto positivo, no alcanzará para encaminarnos a la senda del desarrollo económico sostenido; para ello habrá que prestar más atención a todo lo demás que hicieron las naciones exitosas.

El autor es economista. Fue representante de la Argentina ante el Banco Mundial (2002-06)