Las consecuencias sociales. Alieto Guadagni.

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29/01/11 El autor analiza la relación entre la política fiscal del actual Gobierno y el crecimiento desproporcionado del conurbano bonaerense en comparación con las ciudades del interior del país. “Necesitamos otro régimen tributario que no aplaste al interior y contribuya a crear más y mejores empleos en las provincias, revirtiendo así los movimientos migratorios”, asegura.

Desde hace décadas padecemos la hipertrofia de la concentración poblacional en el Gran Buenos Aires. Hubo en el pasado intentos fallidos para corregir este desequilibrio regional, como el traslado de la Capital Federal a Viedma durante el gobierno de Raúl Alfonsín.

Cualquier observador puede apreciar la tensión demográfica y social que existe en el Gran Buenos Aires, donde la presión por acceder a tierra y vivienda se manifiesta de una manera caótica, invadiendo ilegalmente propiedades no sólo publicas, sino también privadas, como ocurrió en el Parque Indoamericano.

En la región metropolitana (Ciudad de Buenos Aires más el conurbano) reside hoy uno de cada tres habitantes, casi 13 millones sobre un total de un poco más de 40 millones. Es decir, que en menos del 0,2 por ciento del territorio nacional se aglomera el 32 por ciento de la población total.

Esta tendencia a la aglomeración, impulsada por corrientes inmigratorias no solo del exterior sino también del NOA y del NEA, dio como resultado que entre los censos del 2001 y 2010 el crecimiento demográfico del Gran Buenos Aires fuera muy superior al del resto de la población, que esta diseminada en el 99,8 por ciento de nuestro territorio.

La población en los 24 partidos del conurbano creció mucho más que en las provincias (salvo las pocas provincias petroleras que tienen baja densidad demográfica). El conurbano creció al doble o más que Chaco, Entre Ríos, Santa Fe, La Pampa, Corrientes y Córdoba, más del 50 por ciento que Mendoza, Tucumán y Formosa y un 40 por ciento más que el interior bonaerense.

Esta aglomeración creciente, fundamentalmente de gente humilde, agrava los problemas de acceso a una vivienda digna. Para que los 24 partidos del conurbano tengan la misma relación habitantes–vivienda que existe en los restantes 110 municipios de la provincia de Buenos Aires se deberían construir ya más de un millón de nuevas viviendas, es decir, nada menos que un 35 por ciento adicional al stock existente de 3,1 millones de unidades habitacionales.

La pregunta es si este proceso de aglomeración es inevitable, ya que responde a una creciente demanda de mano de obra bien remunerada por el despliegue de actividades de alta productividad en el área metropolitana. La respuesta es no, este proceso no solo no es inevitable sino que esta artificialmente motorizado por dos desaciertos.

Los migrantes son racionales y saben detectar las oportunidades no solo laborales sino también de acceso a los beneficios sociales que administra el estado. Si el grueso de los subsidios discrimina negativamente a las ciudades y pueblos del interior como ocurre en la actualidad (compare el lector el precio del boleto del colectivo en una ciudad del interior con el de la ciudad de Buenos Aires, o la tarifa eléctrica de Marcos Juárez o Rafaela con la de la Recoleta), nadie puede sorprenderse con esta creciente hipertrofia alrededor de Buenos Aires.

Pero el principal motor que acelera la perdida poblacional del interior es la tributación que rige desde hace ya ocho años. Para que el interior del país pueda ofrecer mejores alternativas laborales y de progreso a los potenciales migrantes se requiere que el interior crezca más rápido que el Gran Buenos Aires.

Esto no exige subsidios o prebendas fiscales para el interior, sino algo más simple: dejar de aplastarlo con impuestos que desalientan las actividades donde, por lejos, es mucho más competitivo que el conurbano.

No debemos desaprovechar la oportunidad de la demanda alimenticia de las grandes naciones emergentes, pero esto exige desmontar este primitivo sistema impositivo, que nos ubica en la “edad de Piedra” fiscal, ya que nos remonta a los tributos anteriores al Imperio Romano y que bajo la forma de “diezmos” se difundieron durante toda la Edad Media hasta el siglo XIX.

La Fundación INAI nos informa que somos un país “con retenciones generalizadas y las más altas del mundo”. Alguien puede decir que no es para tanto ya que durante esta década se han más que duplicado nuestras exportaciones, pero la verdad es que hay nueve naciones latinoamericanas que hoy muestran incrementos en sus exportaciones muy superiores: todo el Cono Sur (Chile, Uruguay, Bolivia, Paraguay, Perú) mas Ecuador, México, Nicaragua y Colombia.

Nosotros aumentamos las exportaciones del interior del país a pesar del régimen tributario, no gracias a medidas de estímulo a la producción.

Nadie se puede sorprender por esta comparación cuando se presta atención a los sistemas tributarios en América Latina. La incidencia de los impuestos argentinos sobre el comercio exterior es la más alta no solo de los países del Mercosur sino de toda la región: 15 veces superior a la de México y Chile, 9 veces mayor a la de Perú y 7 veces superior a la de Brasil.

Nuestro régimen tributario ha consagrado como instrumento fundamental estas retenciones a las exportaciones, no solamente las agrícolas y las producciones regionales, sino también a todas las manufacturas agroindustriales.

La aplicación desmesurada de impuestos a las exportaciones ha sido el instrumento elegido por el gobierno para centralizar unitariamente la caja, porque estos impuestos no se coparticipan a las provincias. Mientras se sigan gravando las exportaciones sin prestar atención a la existencia o no de ganancias, en una visión muy primitiva de la política tributaria, será difícil que el interior sustente un proceso de crecimiento económico y retenga población.

No pueden ser buenos impuestos los que debilitan la expansión de la producción y además traban el crecimiento de los pueblos y ciudades del interior.

Necesitamos otro régimen tributario que no aplaste al interior y contribuya a crear más y mejores empleos en las provincias, revirtiendo así los movimientos migratorios. Es la mejor receta para la paz social en el conurbano que demanda tierra y vivienda.

El autor analiza la relación entre la política fiscal del actual Gobierno y el crecimiento desproporcionado del conurbano bonaerense en comparación con las ciudades del interior del país. “Necesitamos otro régimen tributario que no aplaste al interior y contribuya a crear más y mejores empleos en las provincias, revirtiendo así los movimientos migratorios”, asegura.

PorAlieto Aldo Guadagni
Economista Del Instituto Di Tella

Fuente: http://www.clarin.com/rural/consecuencias-sociales_0_417558300.html