Los más necesitados y los precios de los alimentos.

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Según un estudio publicado en mayo de este año por UNICEF, el 30% de las chicas y chicos de entre 0 y 17 años que vive en Argentina es pobre y un 8,4% es extremadamente pobre, el que mide la pobreza multidimensional .

Si bien la medición está basada en una combinación de 28 indicadores de privación que miden desde la nutrición de los niños hasta la exposición a la violencia, podemos inferir sin temor a errores que los niños, niñas y adolescentes que pasan hambre en nuestro país no son pocos. Y que junto a ellos hay un número importante de adultos, muchos de ellos ancianos, en las mismas condiciones.

También podemos estar seguros de que las medidas de “sinceramiento” de la economía aplicadas por el gobierno en los primeros seis meses del año –quizás necesarias pero seguramente aplicadas con impericia- lejos de mejorar esta situación la profundizan día tras día.

Es cierto que la situación de desbarajuste en que dejó la economía el gobierno saliente no se resuelve ni con dos medidas ni en dos meses, pero también es cierto que, frente al hambre de tantos compatriotas se requieren soluciones inmediatas.
La devolución del IVA hasta un monto de hasta 300 pesos mensuales a los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo (AUH) y a los jubilados con haberes mínimos es un paliativo, que por su forma de implementación (requiere que las compras sean efectuadas con tarjeta de débito) restringe los efectos deseados, obligando a una bancarización a la que no acceden todos los integrantes de la familia y favoreciendo la compra en supermercados, principales bocas de venta con ese sistema, relegando a los pequeños comercios que no poseen el sistema –sobre todo a los ubicados en zonas marginales- y a las pocas ferias y mercados existentes.

Por otra parte, las distorsiones de precios que se producen en las cadenas de valor, producto mucho más de la intermediación parasitaria y la cartelización de los compradores que de factores como el costo del transporte .que también incide- o los cambios estacionales, generan situaciones que lindan con lo ridículo , pero estamos hablando de hambre y seres humanos.

Según un estudio hecho por la sección de Economías Regionales de la Confederación de la Mediana Empresa (CAME) la diferencia de precio entre lo que recibe el productor de alimentos y lo que paga el consumidor, en promedio, en enero pasado fue de 7,1 veces más y que la brecha llegó a 15 y 19 veces en las manzanas y peras, donde el aumento representó 1.890%. Y, como decimos más arriba, nada indica que estos números hayan variado en favor de los que menos tienen.

¿Qué hacer frente a esta situación? Como ya dijimos, si se aplican las medidas de fondo adecuadas, el tiempo traerá alivio.
Pero como también dijimos, hay sectores amplios de la población que requieren soluciones ya.

Una medida posible y de implementación relativamente rápida sería que las autoridades nacionales, provinciales y municipales, sobre todo las de los grandes centros urbanos, que es donde el problema es más acuciante, así como otros actores sociales –pensamos en gremios y cooperativas- monten grandes centros de comercialización donde los márgenes de ganancia sean los mínimos para solventar los gastos de la operación y los pasos entre productores y consumidores se reduzcan o desaparezcan.

De esta manera se pondría al alcance de los sectores más necesitados una canasta de productos de calidad que cubra los requerimientos de una alimentación digna a precios sensiblemente más bajos que los de las grandes cadenas.

Una solución simple que, sin embargo, tiene afectos amplios, no solamente en sus destinatarios directos, ese 30% (por poner una cifra optimista) de hogares pobres del país, sino también en los productores, que recibirán precios más justos y en los resultados de la competencia, que hará que bajen los precios en general.

Los detalles, que seguramente serán muchos, habrá que ajustarlos. Pero la idea está allí, para quien quiera tomarla.