Mitos y realidades de nuestra economía. Dr. Carlos Brown.

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Permanentemente la retórica oficialista nos señala vocación por el desarrollo de políticas activas que contribuyan de manera efectiva al mejoramiento de la competitividad de nuestra industria, a la generación de más y mejores puestos de trabajo, al mejoramiento de las condiciones de acceso al financiamiento, a brindar un apoyo diferencial para el desarrollo de nuestras micro, pequeñas y medianas empresas, etc.

Es curioso sin embargo observar, tras 8 años de fuerte crecimiento, pocos avances en este sentido, pues tenemos una actividad industrial aun altamente concentrada en unos pocos sectores que explican fundamentalmente su crecimiento (automotriz, siderúrgico, metalmecánico), con una deficiente capacidad para generar empleo, y un creciente déficit en el comercio exterior.

Más allá de los discursos en orden a profundizar el tan mentado “modelo”, lo cierto es que no se advierte un cambio significativo en el patrón de especialización productivo del país, continuando ausentes actividades o eslabones extinguidos durante los años 90’s, con inversiones que no logran quebrar la dinámica importadora.

En efecto, la propensión a importar resulta hoy superior a la de los años 90’s. Tenemos actualmente una elasticidad importaciones-producto de 4,2 (por cada punto de aumento del producto, las importaciones crecen 4,2%), mayor al 3,8% de los años de la convertibilidad.

Persiste una creciente demanda de bienes intermedios, piezas y accesorios que cubren eslabones faltantes de cadenas productivas, lo cual da cuenta de serias limitaciones en el proceso sustitutivo de importaciones que tanto se pregona, lo cual tiene a su vez correlato en el creciente deterioro de nuestro saldo comercial externo.

En 2010 el intercambio de manufacturas dejó un déficit cercano a US$ 25.000 millones para nuestro país, el cual según analistas podría superar al cierre del corriente año los US$ 32.000 millones; desbalance por supuesto compensado con el superávit generado por la exportación de productos agropecuarios (complejo sojero, fundamentalmente).

En materia de empleo los propios datos oficiales también nos marcan alguna pauta de análisis. La ocupación en la industria manufacturera ha crecido a tasas menores que el total de empleo privado, desacelerándose significativamente durante los últimos 5 años.

Resulta evidente por tanto que sólo con discursos y retórica productivista no se modifica la realidad.

Para que la economía argentina -y su entramado industrial- avance definitivamente hacia un sendero de crecimiento sostenible es necesario contar con una estrategia a largo plazo, con metas factibles, instrumentos idóneos y un fuerte énfasis a la capacidad de gestión, pues los escasos programas y mecanismos hoy a cargo del Ministerio de Industria de la Nación resultan claramente insuficientes, máxime si consideramos la subutilización crónica que esta cartera hace de sus créditos presupuestarios (transcurridas tres cuartas partes del ejercicio en curso sólo se ha ejecutado el 37% del crédito asignado para el fomento de las PYMES, y el 44% del asignado a políticas para la industria)

Si pretendemos como esbozara días atrás la Presidenta de la Nación, en ocasión del lanzamiento del Plan Estratégico Agroalimentario 2020, “industrializar la ruralidad”, “agregando valor en el origen, donde se producen las cosas”, más que discursos, necesitamos implementar urgentemente las políticas necesarias para profundizar el desarrollo de nuestra cadena agroindustrial, altamente competitiva y en capacidad de liderar la producción mundial de alimentos, integrando sobre la base de sus potencialidades y ventajas comparativas, a todas las todas las regiones productivas del país.

No podemos derrochar más años de crecimiento. Necesitamos de una vez por todas dar un salto cualitativo que nos coloque en la senda del desarrollo económico. Las condiciones externas continúan siendo inmejorables para hacerlo. Menos ruido y más nueces.

Dr. Carlos R. Brown

Presidente del Movimiento Productivo Argentino