Oportunidad para el cambio. Alieto Guadagni.

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26/02/11 El autor analiza las políticas comerciales internacionales de los últimos 60 años y asegura que los altos aranceles a las importaciones, las regulaciones sanitarias arbitrarias y los subsidios a las exportaciones aplicados por las naciones dominantes perjudicaron a los países eficientes en la producción agropecuaria, que hoy deben asumir el liderazgo en una nueva negociación.

Primer nivelDesde hace más de 60 años que el comercio agropecuario viene siendo distorsionado por medidas unilaterales implementadas por las naciones industrializadas (Unión Europea, Noruega, Suiza, Japón, Estados Unidos).

Altos aranceles reforzados con reducidas cuotas de importación, complementadas muchas veces por arbitrarias regulaciones sanitarias, más subsidios a las exportaciones, han sido los instrumentos básicos de estas políticas proteccionistas que vienen perjudicando desde hace mucho a los países que son eficientes productores agropecuarios.

El origen de esta historia se remonta al año 1947, cuando las grandes naciones deciden crear el GATT para liberalizar el comercio internacional de la postguerra, desmontando así las medidas proteccionistas que florecieron después de la Gran Depresión de los treinta. Pero esta loable intención no se aplicó al comercio agrícola, que fue expresamente excluido de este acuerdo internacional, hasta que fue incluido recién en la Ronda Uruguay en los noventa.

Desde la creación del GATT hasta hoy, el comercio internacional ha crecido exponencialmente por la globalización, ya que en la década del cincuenta representaba apenas la quinta parte del PBI mundial, mientras que hoy ya supera la mitad del mismo; por eso son muy importantes las reglas que lo regulan.

Hace ya diez años que comenzó una nueva negociación en el ámbito de la Organización Mundial del Comercio para definir reglas multilaterales aplicables al comercio internacional. Esta negociación fue bautizada como la “Ronda del Desarrollo”, pensando que podía ser una contribución efectiva al progreso de los países en desarrollo, muchos de los cuales tienen claras ventajas comparativas en la producción agropecuaria.

Es lamentable que en una década no se haya podido llegar a un acuerdo aceptable, tanto para las naciones emergentes como para los países industrializados, en una evidencia más de la ausencia de liderazgos en el mundo globalizado.

Es cierto que en el comercio internacional las cosas son hoy muy diferentes que las vigentes cuando se discutió, en la década del noventa, la Ronda Uruguay. El proteccionismo agrícola de los países industrializados no cambió mucho, pero lo que sí cambió en los últimos años es la percepción imperante en los países que son eficientes productores agropecuarios; este cambio vino de la mano de la irrupción de grandes naciones emergentes asiáticas y africanas, que con su creciente demanda por alimentos importados desviaron la atención de los productores del Mercosur, que hoy están más pendientes de lo que pasa en China que lo que los franceses puedan imaginar para trabar aún más las controladas importaciones agroindustriales de la Unión Europea.

Tengamos presente que hoy China es el primer exportador y el segundo importador mundial. Además, si el consumo de las naciones emergentes crece al triple que el de las antiguas naciones industrializadas, aumentará año a año su importancia en el comercio internacional. La reciente novedad es que en la OMC ahora se sugiere fijar una fecha límite improrrogable para concluir esta ya prolongada Ronda Doha: la fecha sería el 31 de diciembre de este año.

El principal argumento para finalizar y cerrar este año estas negociaciones multilaterales es la conveniencia de tener un acuerdo, en el ámbito de la OMC, que signifique un “seguro legal contra la amenaza de futuro proteccionismo”. Este argumento se basa en el hecho de que existe hoy abundante “agua” en las tarifas aduaneras de los países, entendiendo por “agua” la diferencia entre un valor arancelario alto consolidado en la Ronda Uruguay y las tarifas efectivamente aplicadas por las naciones. En este sentido se argumenta que cerrar ya las negociaciones permitiría reducir sustancialmente, con menor costo político, estas altas tarifas aduaneras consolidadas, eliminando así el riesgo de que, impulsadas por los peligros de las crisis globales, las naciones opten por superarlas recurriendo a la antigua y perniciosa práctica del cierre de las importaciones con cupos cuantitativos o mayores aranceles.

También existe considerable “agua” en los subsidios agrícolas de países industrializados, como Estados Unidos y la Unión Europea.

La conclusión ahora de las negociaciones podría entonces poner coto a eventuales excesos futuros en los subsidios agrícolas europeos, ya que significaría que la reforma del 2003 de la Política Agrícola Común sea irreversible. Al mismo tiempo se pondría límite a eventuales excesos futuros en los subsidios agrícolas en los Estados Unidos.

Esta coyuntura internacional de altos precios para los productos agropecuarios facilita ahora la negociación política entre los estados en el ámbito de la OMC.

Los acuerdos preliminares indican que los aranceles agrícolas de la Unión Europea se podrían reducir en un 60 por ciento, y algo similar ocurriría en mercados tradicionalmente cerrados como Japón, Suiza, Noruega y Canadá. Además, los subsidios a las exportaciones agrícolas de los países desarrollados deberían desaparecer hacia el 2013.

Las exportaciones de todos los países del Mercosur se verían entonces favorecidas. Por ejemplo, se estima que enfrentarían aranceles a sus exportaciones agrícolas 27 por ciento menores a las actuales, y en el caso de las exportaciones a los Estados Unidos estas reducciones llegarían al 38 por ciento.

El problema es que aún está ausente el necesario liderazgo político para concluir estas ya muy prolongadas negociaciones. Se repite aquí la misma historia que con la Ronda Uruguay, si los jefes de estado no se involucran directamente llegaremos a fin de año sin ningún resultado, y la Ronda Doha habrá sido sepultada.

Por eso es necesario que nuestro Canciller cambie de estilo y se ocupe ahora de abrir un diálogo, no solo con los sectores productivos involucrados, sino también con las fuerzas políticas con representación en el Congreso.

PorAlieto Aldo Guadagni Economista Del Instituto Di Tella

Fuente: http://www.clarin.com/rural/Oportunidad-cambio_0_434356687.html