Se precipita el fin de la convertibilidad energética. Por Daniel Montamat.

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En los 90 vivimos la ficción del uno a uno. Ahora, los subsidios indiscriminados y los crecientes volúmenes importados enmascaran el espejismo de la energía barata.

Los argentinos nos hemos resignando a los problemas energéticos de la estacionalidad verano-invierno y queremos creer la “historia oficial” de que no hay problemas de fondo: que los cortes y la escasez son pasajeros.

El Gobierno redobla la apuesta descalificando las opiniones contrarias y promoviendo las escasas inversiones del ciclo K como fundacionales de una nueva Argentina energética .

Pero la realidad de la descapitalización del sector, el default de sus empresas y la necesidad de importar crecientes cantidades de energía terminarán develando la verdad. Como en los noventa, cuando el rehén era el precio del dólar y se apelaba a la liquidación de activos estatales y al endeudamiento irresponsable para sostener la ficción; en esta década, el rehén ha sido el precio de la energía , acudiéndose a un aumento exponencial de subsidios indiscriminados y a crecientes volúmenes importados para enmascarar el nuevo espejismo de la energía barata . Los subsidios, que antes se financiaban con impuestos, ahora empiezan a financiarse con emisión inflacionaria de billetes. La ficción del uno a uno ajustaba con desocupación y cierre de empresas; la ficción de la energía barata ajusta con inflación, default de empresas de servicios públicos y pérdida de nuevas inversiones .

En los noventa, la retórica oficial y la ideología dominante desligaban el plan de convertibilidad de toda responsabilidad con los crecientes índices de desempleo. La inconsistencia macro, circunstancial y pasajera, según se argumentaba, habría de ser enjugada por las virtudes de la reforma microeconómica y sus ganancias de productividad sistémica. En esta década, la retórica oficial, con otro sesgo ideológico, culpa de la escasez y el sobreendeudamiento a las empresas heredadas de los noventa, y deslinda toda responsabilidad de la política oficial con la desinversión y la pérdida del autoabastecimiento.

Los empresarios, con honrosas excepciones, callan.

Muchos porque son rehenes y padecen los efectos del síndrome de Estocolmo (el rehén termina en amoríos con el captor para mejorar su condición); otros, porque son nuevos e integran el círculo del capitalismo de amigos. Los que conocen la inconsistencia energética, pero temen contradecir el discurso oficial, se consuelan ahora con las virtudes de la macroeconomía, aunque uno de los “gemelos” -el superávit fiscal- tuvo muerte prematura.

El fin de la convertibilidad cambiaria fue traumático y está presente en el imaginario colectivo; se aproxima el fin de la convertibilidad energética . El total de subsidios financiados por el Tesoro en el 2009 fue de unos 33 mil millones de pesos. En el 2006 esa cifra era de 6.500 millones de pesos. Este año se estima en más de 40 mil millones de pesos. Más del 80% de ese subsidio está relacionado de manera directa o indirecta con la convertibilidad energética. Una parte financia el precio de los combustibles que se usan para generar electricidad a falta de gas, otra parte financia la diferencia de precios entre el gas que importamos de Bolivia o por barco (GNL) y el gas al que se vende el producto al mercado interno. Parte va a fondos fiduciarios que sostienen algunas obras, y parte sufraga el precio del gasoil subsidiado para el transporte de pasajeros.

Los subsidios van a seguir creciendo porque cada vez hay menos gas y habrá que importar gas más caro ; a su vez, la escasez de gas obliga a operar el parque térmico de generación eléctrica con combustibles sustitutos caros (las diferencias las paga el Tesoro). Cada vez hay más obras que dependen de recursos públicos y que comprometen flujos futuros. Las empresas de transporte y distribución, con 11 años de tarifas congeladas, sólo operan y mantienen lo que pueden, pero, como en el caso de Metrogas, ya no pueden corresponder su deuda . Cada vez habrá que importar más gasoil y naftas resignando impuestos.

Para reducir esos subsidios hay que recomponer precios y tarifas, pero esa recomposición tarifaria no soluciona los problemas de inversión de fondo . No modifica, por ejemplo, las señales de precios para el productor doméstico de gas y petróleo que durante estos años sobreexplotó lo que estaba en producción e hizo mínima inversión exploratoria. Con la mera eliminación de los subsidios vamos a seguir importando cada vez más, sólo que ahora vamos a cargar a las tarifas las diferencias de precios que antes afrontábamos con impuestos y emisión inflacionaria.

La verdadera magnitud del retraso surge de comparar los precios de nuestra canasta energética con los precios de una canasta energética promedio regional. En petróleo y combustibles estamos a un 70/80 % de la referencia regional (más cerca en combustibles que en petróleo); en electricidad estamos a un 30%, y en gas natural a un 20/25%.

Si los precios de la energía no reflejan los costos económicos, la inversión privada seguirá reduciéndose y la inversión pública para sustituirla dependerá de recursos fiscales no disponibles .

Las propuestas de nacionalizar los recursos subestiman el efecto de los precios actuales en la licuación de la renta y en la falta de inversión.

Se impone un criterio de recomposición gradual con una tarifa social, como también era aconsejable una salida gradual de la otra convertibilidad, sobretodo cuando Brasil devaluó en 1999.

Pero, como entonces, se corre el riesgo de querer sobrevivir con esta nueva convertibilidad para evitar los costos políticos de desactivar esta nueva bomba de tiempo. La necesidad de importar volúmenes crecientes de energía y su impacto sobre las cuentas públicas y externas, y el ahogo financiero de muchas empresas, acortan los plazos del camino gradualista. Quienes aspiren a gobernar la Argentina en esta nueva década deberán ocuparse de buscar la salida a la convertibilidad energética, y hacerlo en un programa consistente con los lineamientos de una política de Estado para el sector.