Un mensaje humanista para América Latina. Testimonio y reflexión.

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Felicito a las autoridades de la Universidad Nacional de Cuyo por conmemorar los sesenta años del Congreso Nacional e Internacional de Filosofía de 1949, y agradezco el haber sido invitada a participar de esta celebración. Este es para mí un momento cargado de significación y emoción, pues me ha sudo dada la posibilidad de recordar un acontecimiento que presencié a los veinte años, siendo una simple estudiante de esta Universidad, y que con el transcurso del tiempo fui justipreciando en toda su significación histórica, cultural, filosófica y política. Es una alegría poder rememorar aquellas jornadas en los mismos ámbitos donde transcurrieron, incluyendo el lugar físico del viejo Teatro Independencia. donde culminó el Congreso. Los promotores, actores y conferencistas del evento han muerto ya, pero algunos de mis coetáneos, que asistieron al mismo como jóvenes estudiantes, guardarán la memoria de aquella semana otoñal en que la Universidad de Cuyo y la ciudad toda de Mendoza se vieron conmocionadas por la llegada de las personalidades más notables de la filosofía europea, y la presencia de un grupo importante de filósofos argentinos e hispanoamericanos.

Aprovecharé esta participación para ofrecer un breve testimonio personal, una reflexión filosófica y un comentario político. Yo era solamente una alumna del tercer año de Letras, esposa de un profesor de la casa, lo cual me permitió compartir preparativos y reuniones. Ante todo quiero destacar la figura del Rector Cruz, y la coherencia que adquiere su gestión y su pensamiento con la realización de este importante Congreso de Filosofía. El helenista Irineo Fernando Cruz, a partir de finales de 1945, había fijado un rumbo marcadamente humanista para la Universidad Nacional de Cuyo, fundada unos pocos años atrás. Tuve la fortuna de formarme en aquella Universidad, cuyos ejes pasaban por la verticalidad de la cultura , tal como lo expresa la frase inscripta en su escudo In Spiritu remigio Vita; el respeto de las fuentes clásicas occidentales, el lugar prominente otorgado a la filosofía en el desarrollo de las ciencias humanas, y de toda ciencia; la superación de las dicotomías que enfrentan fe y razón, humanidades y ciencia; la valoración de la tierra, la cultura y las industrias locales, el rescate de la cultura colonial y de las tradiciones populares, el revisionismo histórico nacional , y la pertenencia de la Argentina a la patria grande latinoamericana.

El Dr. Cruz incorporó a la Universidad a eminentes profesores que huían del desastre bélico europeo. Eran españoles, alemanes y centroeuropeos como José Muñoz Alonso, Hilario Rodríguez Sanz, Rafael Benítez Claros, (Alfredo Dornheim, que integró ese brillante grupo, había venido antes); Fritz Krügger, Ladislao Boda, Miguel de Ferdinandy, Alberto Falcionelli, el maestro belga Julio Perceval, y otros más, que dieron singular prestigio a estas aulas e institutos de investigación. Convocó, para una tarea magna de organización y proyección, que incluiría cursos te temporada, seminarios de actualización docente, escuelas de idiomas para extranjeros, etc. a sus discípulos de Paraná, La Plata y Mendoza ; entre los cuales se hallaban , en el campo de la humanidades, Alfonso Sola González, Diego Pro, Guillermo Kaul, Toribio Lucero, Vicente Cicchitti, Ricardo Pantano, Mauricio López, completando este cuerpo pintores, escultores, músicos, directores de orquesta, actores y directores de teatro.. Cruz otorgó también gran impulso a las facultades de Ciencias Médicas y de Ciencias Agrarias, así como a institutos de investigación científica, sin olvidar un inédito Instituto del Trabajo que era una escuela de oficios. Lo acompañaban destacados colaboradores como los Ingenieros Cereza, Somoza, —–a los que encomendó tareas directivas, comprometiendo a todos a conformar una gran universidad, abierta al universalismo desde el entorno propio. En ella no faltaba la preocupación por la tierra cuyana, el desarrollo agrícola e industrial, y el respeto a la cultura local, en cuyo campo descolló el maestro Juan Draghi Lucero. Se habían instalado tiempos que provocaron asimismo desplazamientos, a veces injustos, no siempre intencionadamente buscados. Es preciso recordar que, a raíz del manifiesto compromiso político impreso a la vida universitaria, se retiraron de ella – y no lo digo con alegría- – hombres destacados como Salvador Canals Frau y Julio Cortázar, de quien llegué más tarde a ser amiga, y estudiosa de su obra.

Permítanme decirles que esa formación, así como el Congreso de Filosofía al que tuve el privilegio de asistir, han tenido gran importancia en mi pensamiento y labor docente. En una ulterior etapa de mi vida, enfrentando ambientes muy colonizados por el cientismo y el ideologismo, me propuse desarrollar un rumbo humanista, a través de la cátedra, centros de estudios y otros medios, en la intención de continuar dentro de mis posibilidades la enseñanza de mis maestros. Quede esto como un testimonio personal que me parece justo asentar aquí. y que seguramente será considerado alguna vez entre las proyecciones de la Universidad de Cuyo.

He querido puntualizar que la iniciativa de realizar un Congreso de Filosofía de importantes proporciones no era algo ajeno al nivel que Cruz imprimía a la Universidad. Los preparativos se extendieron todo el año anterior, y acaso antes pues el activo secretario del Congreso, Mauricio López, escribía a universidades y centros de estudios mundiales. Recordar a este querido amigo me fuerza a consignar su conversión religiosa – posterior al Congreso, y explicable por la fuerte atmósfera espiritual de aquellos años – y a deplorar su lamentable muerte a manos de fuerzas represivas, en el 76. Es como un símbolo del destino de la filosofía humanista. Pero volvamos a la recordación del congreso.

Llegó el apacible abril mendocino del importante año 49, año que se había iniciado con el pronunciamiento político de una Convención Constitucional, sobre la cual diré luego unas palabras. Recuerdo muy bien aquellas jornadas, que se realizaron en el Aula Magna de la vieja escuela de la calle Rivadavia, lamentablemente demolida, edificio que por sus patios con palmeras se conectaba con la Escuela Superior de Bellas Artes. Mi memoria atesora principalmente a dos figuras , muy nombradas entonces por nuestros profesores de filosofía , a las que leí apasionadamente después, a partir de los años setenta eran: Karl Jaspers – que pesó en la formación de otro gran maestro nuestro, Paul Ricoeur – y Hans-Georg Gadamer, a quien tanto debemos quienes intentamos reconciliar el sentido histórico de la hermenéutica con el impulso joven de la fenomenología, como diría Ricoeur. Martín Heidegger envió un mensaje que fue traducido y discutido en aquellos días y mucho tiempo después, mientras se difundían las traducciones americanas de sus obras por José Gaos, Emilio Estiú y tantos otros.

Fue señera para todos los asistentes la presencia de los existencialistas cristianos Gabriel Marcel y Nicola Abbagnano, la voz del peruano Wagner de Reyna, – quien fue amigo de nuestra casa – las ponencias de Carlos Astrada, Ángel Vassallo y Rodolfo Agoglia: eran los filósofos del 40, parte de aquella gran generación que incluye a poetas, novelistas y dramaturgos, y que bien puede ser llamada generación del Humanismo. (No estuvieron Rodolfo Kusch ni Héctor A. Murena, aunque su labor posterior se vinculó totalmente con la filosofía del Congreso)

En esas jornadas memorables la fenomenología existencial desplazó a la escolástica, aunque luego supimos que existían caminos muy sólidos de conexión entre ambas, como lo había puesto ya de manifiesto la filósofa, Edith Stein, fenomenóloga y luego católica y carmelita, que pocos años antes del Congreso fue víctima del holocausto judío de Auschwitz, aunque por entonces no lo sabíamos, ni éramos capaces de evaluarlo.

En un libro de memorias filosóficas ( Philosophische Lehrejahre, traducido como Mis años de aprendizaje, 1977), Hans-Georg Gadamer dedica algunas páginas a rememorar el Congreso argentino, que – según dice- era la primera salida de Europa después de la guerra para ocho filósofos alemanes que cruzaron el Atlántico – en vuelo todavía novedoso para ese tiempo – para arribar a la ciudad de Buenos Aires y llegar en tren al pie del Ande. Con una mirada por supuesto muy europea, Gadamer pondera el perfecto conocimiento que tenían los argentinos de la filosofía alemana. Veamos algunos párrafos de esas memorias:

Argentina es para el europeo poco menos que una terra incognita. Nuestro viaje no se limitaba a guiarnos a una tierra distante unos 12.000 kilómetros de Europa, , sino que nos reconducía al pretérito de nuestro continente (…) la Argentina es un país todavía situado al margen de las dos guerras mundiales, cuyos espíritus más evolucionados conforman una delgada capa de un pueblo colonial agrario que con lentitud se deja arrastrar al remolino del siglo veinte(…) …. Para los profesores alemanes que participábamos en dicho congreso fue emocionante constatar la pujanza y persistencia con que el pensamiento alemán sigue influyendo en el de otros pueblos. Argentina forma parte de la esfera cultural latina (…) … debería considerarse (un país) no tanto americano cuanto mediterráneo, que como todos los países del Mare Nostrum se halla fuertemente enraizado en la tradición católica… Pese a ello el pensamiento moderno, incluso imbuido del radicalismo y la audacia que sus últimos desarrollos han alcanzado en Alemania, ha encontrado también allí formidable aceptación. (Es evidente que G. usa el término moderno para la fenomenología, aunque ésta en rigor resultó enfrentada a los cánones de la Modernidad). La evolución del pensamiento alemán era conocida en la Argentina hasta en sus últimos detalles, al punto de que la temática del congreso se planteara como una confrontación entre el pensamiento cristiano de la tradición tomista y el pensamiento determinado por la moderna filosofía alemana. Las citas de Santo Tomás de Aquino no prevalecieron en las discusiones congresuales sobre las de Husserl y Heidegger, y el tema predominante fue la metafísica. Por la escasa presencia de filósofos anglosajones en el congreso, el pensamiento propiamente positivista y pragmatista, decididamente enfrentado a la metafísica en cualquiera de sus variantes, no encontró partidarios. Así, los dos frentes en colisión fueron tomismo y existencialismo (se refiere Gadamer a la fenomenología existencial , aunque abarca la fenomenología de Heidegger que no se reconoce como tal, y aclara que esta generalización se refiere a todo aquello que se desliza fuera del dogmatismo de la Iglesia. Incluso especifica que el auténtico existencialismo a la manera de Sartre ocupó un papel secundario). “Las preguntas decisivas fueron: ¿ Cómo debe caracterizarse la relación del pensamiento cristiano tradicional con el pensamiento moderno? ¿Puede el tomismo aprehender , abriéndose de su tradicional metodología, aquel enigma de nuestra existencia que el pensamiento moderno está trabajando con rigor extraordinario? ¿O por el contrario se trata de una relación antitética como la acaso establecida entre aquel ateísmo metódico que nada sabe de las verdades salvíficas y la religión revelada? Ambas posibilidades encontraron defensores entre los participantes del congreso, por cierto desde muy diversos puntos de vista. Al cabo el problema terminó por acuñarse en la siguiente e inexpresa pregunta: ¿hay una teología natural, o por el contrario, todo conocimiento natural es ateo, y todo conocimiento de Dios permanecerá siempre dependiente de la revelación? ¿Tiene entonces razón el pensamiento moderno al exigir, en contradicción con la metafísica de Dios o del Espíritu infinito, una metafísica de la finitud?”

Finalmente, al recordar el viaje de regreso cruzando pampas y desiertos, en el ferrocarril Pacífico, Gadamer se muestra impresionado por la grandeza del paisaje, y hace una reflexión sobre un continente en que la naturaleza todavía prevalece y es capaz de impresionar el ánimo.

Mucho más podría decirse, desde el presente, sobre la importancia filosófica del Congreso y más aún sobre su vigencia en el tiempo actual, ya desgastadas las ideologías del progreso, el positivismo científico, y la cartilla socialista. Habrá otras oportunidades para hablar de ello. Por ahora quiero terminar estas palabras con un comentario político, que quisiera poner por encima de lo partidario.

He anotado antes, y no al azar, que en aquel verano previo al Congreso, al iniciarse el memorable año 1949, tuvo lugar la Convención Constituyente que promulgó una nueva Constitución, con enmiendas y agregados a la de 1853. Se incorporaron a ella los derechos del trabajador, de la Niñez, de la Ancianidad, de la Mujer, así como una mayor intervención del Estado nacional en la defensa de su patrimonio e intereses. (Nuevamente se me perdonará la intromisión testimonial al mencionar con orgullo, que mi padre fue, desde Santa Fe, uno de aquellos Convencionales). No es forzando las cosas que relaciono este acontecimiento cultural y político con el Congreso de Filosofía, si se tiene en cuenta que éste tuvo un cierre también político. En el Teatro Independencia, el 9 de abril de 1949, se producía el acto final del Congreso con el célebre discurso del Presidente Perón que lleva por título La comunidad organizada. Los estudiosos del tema consideran que el texto, varias veces reeditado, encierrq una síntesis doctrinaria del movimiento. .

Se daba realmente una fiesta del espíritu en la que concurrían la filosofía y la política, recordándonos la necesaria aplicación práctica de toda filosofía que se precie de tal, y asimismo la imprescindible fundamentación filosófica de toda política actuante y verdadera. Esa conjunción, acaso solamente visualizable en los tiempos de la emancipación y la organización nacional, no ha vuelto a repetirse jamás en nuestra patria.

El texto de La comunidad organizada incluye expresiones como la del hombre-centauro, que remiten a otra gran figura de la época, Leopoldo Marechal,. No es ocioso recordar que en 1950 se estrenaría, también en Mendoza , su Cantata Sanmartiniana, con música del maestro Perceval., y también que unos años antes, en 1940, el autor había obtenido el Premio Nacional de Literatura con su poema El Centauro, donde apelaba a la imagen mítica para asentar una antropología cristiana. . En El Centauro , por el artificio de un nuevo coloquio de centauros sabios y poetas, se afirma la figura de Cristo como “centauro de los nuevos tiempos” ; esta idea, convocada por la palabra del Presidente de la República, nos ha llevado alguna vez a aventurar que la pluma o la inspiración marechaliana se hallaban allí presentes. Sea como fuere, lo que deseo subrayar es el peso evidente de una fundamentación humanista para la sociedad propuesta por el conductor, en consonancia con la atmósfera del Congreso. Estaba en el ambiente de la época la imagen de un hombre espiritual, distante del hombre mercantilista del capitalismo moderno, pero también del hombre gregario del fascismo o del comunismo . El nuevo modelo sería Cristo, el hombre-centauro, simbólicamente tendido desde su naturaleza biforme hacia la tierra y el cielo.

En suma, cerrando ya estas modestas reflexiones, el Congreso de Filosofía del 49 fue por parte de los intelectuales europeos un mensaje y un legado a los latinoamericanos, a quienes vieron como los continuadores naturales de su quehacer humanista, en la formidable crisis de Europa, anticipada por la filosofía y rubricada por una guerra devastadora, de la cual sólo parcialmente se recuperaría después. Por parte de los argentinos y latinoamericanos que participaron en él fue un momento espléndido de su autoconciencia cultural y destinal, transmitido a los más jóvenes casi como un mandato para una etapa nueva. En cuanto a las autoridades nacionales, se auspiciaba a sabiendas un acontecimiento intelectual y espiritual, que reafirmaba el rumbo humanista de una revolución inconclusa, y ha sido varias veces manipulada y distorsionada.

En razón de lo dicho, estimo que esta rememoración emprendida por la Universidad de Cuyo es un acto de estricta e impostergable justicia y un compromiso cultural, en tiempos que han acentuado la incertidumbre y el olvido.