Un programa posible de desarrollo. Por Rogelio Frigerio.

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Falta poco más de un año para terminar otro período presidencial. Es momento de discutir un completo programa económico y social que logre poner fin a lastres de nuestra democracia como la exclusión, la corrupción y la intolerancia.

A poco más de un año de concluir otro período constitucional, es un buen momento para reflexionar sobre el destino del país.

Las elecciones son una ocasión para confirmar acuerdos y sacudir lastres . Hay lastres sencillos de remover: volver a tener un INDEC, terminar con esta aristocracia de amigos del poder, recuperar una política exterior que no sea tributaria de miserias locales, abandonar una forma de hacer política que busca enemigos para legitimarse.

Pero hay otros lastres más rebeldes: son trabas para un destino de grandeza . La exclusión , que creció hasta el punto que centenares de miles de jóvenes no trabajan ni estudian y son rehenes del paco. La corrupción , que no es exclusiva de esta aristocracia de amigos. La intolerancia , que tampoco es exclusiva de este esquema de poder. La e scasa disposición a acatar la ley . Una población que no encuentra cómo ejercer la ciudadanía . Y una dirigencia que no predica con el ejemplo y no sabe, o no quiere, legislar para el ejercicio de los derechos ciudadanos .

Para sacarnos esos lastres, nada como soñar con un país mejor. Los sueños comprometen la acción y construyen realidades. Pero seamos concientes de que con el enorme porcentaje de jóvenes excluidos no hay soluciones rápidas.

Hay que planificar y ejecutar políticas deliberadas de desarrollo económico y social.

En el mundo se lucha por el dominio del conocimiento.

Juguemos ese juego.

Un país que compita con capacidades y con tecnología. Que pague sueldos crecientes con la inteligencia embebida en nuestros productos y exportada al mundo. Con excluidos convertidos en técnicos de excelencia, no con la farsa de aumentos del 25% que ceban la inflación del 30% .

No es una tarea para una figura iluminada, es un desafío para la comunidad.

Basta de figuras providenciales : empecemos a creer en nuestra organización democrática y en las instituciones que la ordenan. Abandonemos un hiperpresidencialismo que traba la acción colectiva. No toleremos ni la inestabilidad macroeconómica ni la inflación: pongamos límites a los excesos monetarios y fiscales.

Reparemos en que no es fácil gestionar un país donde el campo -nuestra principal fuente de divisas- se integra a la expansión del mercado asiático pero no crea suficiente empleo, y cuya industria, que crea más empleo, debe competir con las masas humanas de China e India.

Y honremos a los empresarios que invierten y arriesgan. Amparemos esa inversión .

El desarrollo es una aventura con puntos críticos. El primero, el acuerdo político y ciudadano . El segundo, el protagonismo local . Respetemos a las provincias que tienen que gestionar los principales sistemas sociales y son actores del desarrollo económico.

Inventemos un federalismo solidario.

Superemos la práctica del control político a los gobiernos locales con una caja manejada por un gobierno unitario. Soñemos un país donde los premios y castigos no resulten del clientelismo, sino del desarrollo, la seguridad pública, el rendimiento educativo, la participación ciudadana y la defensa del ambiente.

Nada se construye sin la ley y sin la participación ciudadana . Hagamos normas que ayuden a sacarnos de encima, también en lo local, la corrupción y el clientelismo.

Planifiquemos y gestionemos para el largo plazo . Usemos la inteligencia de las universidades. Enseñemos a los políticos a usar el pensamiento y a los investigadores a diseñar cursos de acción con criterio práctico. Desarrollemos capacidad para la gestión pública e inundemos el Estado con profesionales jóvenes, formados y eficientes.

Celebremos cuando detectemos un error: nos permite corregir el rumbo . Si nuestros estudiantes no llegan a estándares adecuados, no los ayudamos ocultando los resultados.

No mejoramos la alimentación si mentimos sobre el precio de la comida. Ni la seguridad, si no medimos la calidad de la policía . Tampoco el medio ambiente, ocultando nuestros daños ambientales mientras miramos a Uruguay. Nada se construye con complacencia.

Un país que sufrió la muerte de miles a manos de apóstoles de fines que justificaban medios debe abandonar la intolerancia . Recuperar la cordialidad y renunciar a la prepotencia, tanto del gobierno como de los gobernados.

El desafío del desarrollo y de la justicia exige de la persuasión de que nunca el fin justifica los medios. En definitiva, la democracia es eso: la consagración de los medios.

Fuente:  http://www.clarin.com/opinion/programa-posible-desarrollo_0_310169058.html