Una sola atmósfera, un solo planeta. Por Alieto Guadagni.

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En octubre de 2006 el gobierno del Reino Unido presentó su documento sobre cambio climático, conocido como “Informe Stern”, en el cual se describen los eventos negativos que podrían acontecer si no se pone coto al crecimiento de las emisiones contaminantes. En el capítulo sobre América latina se advirtió sobre el riesgo que corre el abastecimiento de agua de poblaciones andinas, por la reducción de los glaciares. Las ciudades de Lima, Quito y La Paz son mencionadas como las más vulnerables. Además, se pronosticó, en este documento publicado hace más de dos años, que la “transmisión del dengue es probable que se multiplique entre dos y cinco veces hacia 2050 en muchas partes de América latina; y es probable que áreas nuevas de transmisión aparezcan en la región sur del continente americano”. La actual epidemia de dengue parece corroborar esta advertencia, hecha ya hace tiempo, y que parece directamente dirigida a nosotros.

El mundo enfrenta hoy la amenaza del cambio climático, por eso las naciones están discutiendo acuerdos para mitigar sus efectos nocivos. Pero estas discusiones serán complejas por la magnitud de los intereses en juego. Recordemos que, en 2005, entró en vigor el Protocolo de Kyoto, de manera que los objetivos de reducción de emisiones se convirtieron en compromisos internacionales. En el marco de este acuerdo, 38 países industrializados se han comprometido a reducir, entre 2008 y 2012, sus emisiones de gases de efecto invernadero un 5,2 por ciento por debajo de los niveles de 1990 (lamentablemente, el mayor contaminador mundial, Estados Unidos, se negó a ratificar el Protocolo).

En diciembre de 2007, las naciones que suscribieron la convención marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático resolvieron que este año se reunirán en Dinamarca para lograr un nuevo acuerdo.

Las negociaciones que se avecinan serán complejas por tres circunstancias. Primero, los países industrializados con compromisos de reducción de sus emisiones representan apenas el 28 por ciento de las emisiones mundiales. Segundo, Estados Unidos, que es el principal contaminador mundial, no asumió ningún compromiso internacional de reducción (21 por ciento del total de emisiones). Y, en tercer lugar, el mundo en desarrollo no está obligado a realizar reducciones de sus emisiones, que alcanzan el 50 por ciento del total (China ya es el segundo país contaminador, con el 20 por ciento de las emisiones totales).

El panorama de las negociaciones se complica por tres motivos. Primero, en las próximas décadas más del 80 por ciento del incremento en las emisiones será responsabilidad del mundo en desarrollo (China sola causará el 45 por ciento del aumento esperado); en esta etapa de la globalización, el mundo emergente acorta las distancias con el mundo industrializado.

El segundo hecho tiene que ver con la historia de los últimos siglos. La acumulación de gases en nuestra atmósfera es responsabilidad de las naciones que lideraron la Revolución Industrial desde fines del siglo XVIII. Europa y Estados Unidos representan apenas el 12 por ciento de la población mundial, pero han sido responsables del 70 por ciento de los gases acumulados hasta hoy.

En tercer lugar, la negociación se complica aún más cuando se consideran las enormes diferencias en las emisiones por habitante, es así como un alemán contamina 100 veces más que un etíope, un norteamericano el doble que un alemán y 5 veces más que un chino, y un inglés el doble que un argentino. Por esto, Kevin Watkins, director de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, pudo expresar: “Si los habitantes del mundo en desarrollo hubieran generado emisiones de CO2 per cápita al mismo ritmo que los norteamericanos, necesitaríamos la atmósfera de nueve planetas Tierra”.

Cuatro propuestas permitirían afrontar este desafío: 1) Establecer globalmente un impuesto a las emisiones de CO2, para abatirlas o limitar con cupos cuantitativos las emisiones. 2) Normas técnicas universales más exigentes (vehículos, construcciones, electrodomésticos, industria y energía). 3) Apoyo a las energías limpias y a la conservación. 4) Cooperación financiera de los países industrializados (que son los responsables del actual nivel de contaminación) para que los países en desarrollo puedan afrontar la revolución tecnológica “verde” que se avecina.

Quienes proponen un impuesto universal al CO2 lo consideran un método superior a las “cuotas de emisión”, sobre todo si estas cuotas se entregan gratuitamente, como ocurre en la Unión Europea, por la presión de las empresas industriales, que también están ahora ejerciendo similar presión en el Congreso de Estados Unidos.

Por estas razones, no parece que la propuesta del impuesto prospere, a pesar de que permitiría que cada nación lo recaudara para sí y le diera el destino que mejor le pareciera, por ejemplo, reducir impuestos distorsivos, como los impuestos al empleo.

El FMI ha estimado que este hipotético impuesto podría recaudar anualmente entre el uno y el dos por ciento del PBI mundial. Los proponentes de este impuesto también propician que los países en desarrollo lo puedan implementar gradualmente y que, además, reciban una parte de su recaudación para compensar el lucro perdido por preservar el recurso forestal. Es importante no destruir los bosques, porque toda la humanidad se beneficia de ellos, ya que una hectárea de bosque puede capturar hasta 500 toneladas anuales de CO2. Pero también es equitativo que los países en desarrollo donde aún existen bosques sean compensados financieramente por las naciones desarrolladas, ya que destruyeron en el pasado sus bosques y se beneficiarán en el futuro con su preservación.

Es preocupante observar que, en países industrializados, particularmente en Estados Unidos, se esté proponiendo un nuevo proteccionismo aduanero “verde”. No es improbable que Estados Unidos, y quizás también la Unión Europea, incluya propuestas de este tipo en las negociaciones en Dinamarca, pero eventualmente también en la Organización Mundial de Comercio. El consenso no será fácil, por los intereses nacionales enfrentados entre sí, pero tampoco es imposible si la comunidad internacional se decide a enfrentar responsablemente el desafío y preservar la Tierra para las futuras generaciones.

La Argentina podrá reducir en el futuro sus emisiones, ya que influirá en esta mejora ambiental la pérdida del autoabastecimiento energético. El tránsito desde un estadio de energía abundante, barata y exportada a otro caracterizado por energía escasa, cara e importada, por la insuficiencia de nuestra producción de hidrocarburos, debido a la expansión del consumo, pero también a la reducción en la exploración, impulsará la transformación de nuestra matriz energética desde el petróleo y el gas hacia la hidroelectricidad y la energía nuclear.

Al mismo tiempo, el aumento en los precios, en un futuro no muy lejano, incentivará la conservación energética y todas las energías renovables, particularmente la eólica. El escenario que se avecina impulsará iniciativas, como la modernización del transporte público y de la red ferroviaria para cargas y pasajeros, procesos industriales menos intensivos en combustibles, aumento en la eficiencia energética de los vehículos y los artefactos, y nuevos códigos de edificación que minimicen el consumo energético.

La humanidad necesita un salto tecnológico “verde” que permita consumir energía sin dañar el medio ambiente. Existen cinco fuentes de energía en la naturaleza (carbón, petróleo, gas, uranio y renovables) que deberemos seguir utilizando en los próximos años, pero no nos debemos olvidar en la Argentina de la sexta fuente: la conservación energética con consumos minimizados gracias a técnicas más eficientes.

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